El astrónomo Fernando Ávila advierte que la contaminación lumínica borra estrellas, afecta a la fauna y nos arrebata parte de nuestra identidad en el noroeste de México.
Ricardo Amador/NORO
En la Sierra de San Pedro Mártir, en el municipio de Ensenada, Baja California, Fernando Ávila trabaja todos los días para combatir contra la contaminación lumínica, y para que la noche siga teniendo estrellas.
Desde la oficina de la Ley del Cielo del Observatorio Astronómico Nacional, dependiente de la UNAM, se dedica a medir, gestionar y divulgar los efectos de la contaminación lumínica que crece alrededor de las ciudades del noroeste de México.

Su objetivo: proteger los cielos oscuros como un derecho cultural, ambiental y energético.
En entrevista para NORO, Ávila mencionó que el concepto de “cielo oscuro” suele generar una imagen equivocada.
“Hablamos de cielo oscuro y la gente piensa oscuridad completa. La realidad es que no, precisamente los que han tenido la oportunidad de estar estar en un sitio fuera de la contaminación lumínica, la primera impresión es que el cielo natural en la noche es brillante, por la luna”, comentó.
Describe que, en lugares como San Pedro Mártir, cuando el ojo se acostumbra, la Vía Láctea se despliega al punto de que “son tantas [estrellas] que las constelaciones que conocemos es difícil de distinguirlas entre tantas y tantas estrellas”.
La contaminación lumínica también es contaminación ambiental
Por muchos años la contaminación lumínica se vio como un problema exclusivo de los astrónomos. Pero, según Ávila, la situación cambió, y ahora el exceso de luz artificial ya se documenta como un factor que afecta a la fauna, los ecosistemas y también a las personas.
“Todos los seres vivos, todos evolucionamos con los ciclos naturales de luz y oscuridad. Luz en el día, oscuridad en la noche. días largos en el verano, noches largas en el invierno”, relató.

Ese desajuste afecta migraciones de aves, hábitos alimenticios, descanso profundo en humanos y procesos de reproducción en varias especies. Menciona, por ejemplo, aves migratorias que chocan con edificios iluminados, tortugas que se orientan hacia hoteles en vez de hacia el mar y luciérnagas que ya no pueden verse entre sí.
“Entonces, sí, ya está superdocumentado como la contaminación lumínica y sobre todo su incremento en las últimas dos décadas ya afecta el medio ambiente.”
A nivel humano, la sobreexposición a la luz artificial nocturna también está ligada a alteraciones del sueño y del ritmo circadiano. Al mismo tiempo, el costo energético de mantener miles de luminarias encendidas toda la noche, muchas veces a intensidades innecesarias, representa un gasto económico y ambiental que se podría reducir con prácticas más responsables.
Baja California es ejemplo de regulación lumínica
Baja California es uno de los estados pioneros en México en regulación de contaminación lumínica, en buena medida por la presencia de observatorios astronómicos.
En Ensenada, el reglamento municipal para prevenir la contaminación lumínica cumple 20 años y ha sido actualizado conforme cambia la tecnología.
En este tiempo, el alumbrado público ha pasado de lámparas de sodio que emitían luz hacia arriba, a luminarias LED dirigidas solo hacia el suelo y, ahora, a sistemas LED más cálidos con capacidad de reducir su intensidad a partir de la medianoche.

“Desde que atardece hasta la medianoche tiene la intensidad completa… a partir de la medianoche baja a un 70%, es decir, una reducción del 30% de la intensidad.
Para el ayuntamiento esa de un 30% en el consumo de energía desde la medianoche hasta que amanece ya es un número muy grande.”
Este tipo de experiencias locales son las que hoy alimentan el trabajo con Semarnat para una Norma Oficial Mexicana de control lumínico que establezca zonas, niveles y horarios de iluminación para todo el país.
La contaminación lumínica nos está quitando identidad y memoria
Más allá de las cifras técnicas, Fernando Ávila insiste en la dimensión cultural de los cielos estrellados, sobre todo en el noroeste desértico, donde las noches despejadas han marcado canciones, relatos y costumbres.
“Es algo que que nos están robando, hay que decirlo tal cual. Es algo que que nos están robando, por eso es un derecho, porque sí es algo que nos pertenece no solo geográficamente, no solo naturalmente, sino también porque nos los hemos apropiado en nuestra cultura, nuestra identidad.”

Recuerda las historias de pueblos como los Pai Pai o los Comcaac, donde las estrellas tienen emociones y aparecen en relatos transmitidos de generación en generación. Pero advierte que muchas personas jóvenes ya no conocen estas narraciones, y sobre todo, no conocen de lo que se trata porque no está en su realidad inmediata el tener cielos oscuros.
“Algo a lo que me gusta mucho hacer referencia es que tú no puedes extrañar aquello que no conoces.”
Por eso, su recomendación es salir de las ciudades, buscar un sitio oscuro y mirar hacia arriba para entender qué se está perdiendo.
¿Cómo iluminar mejor para no contribuir a la contaminación lumínica?
El astrónomo insiste en que proteger el cielo nocturno no significa apagar las ciudades ni renunciar a la seguridad. La clave está en iluminar de forma responsable: utilizar lámparas dirigidas hacia el suelo, emplear tonos cálidos en lugar de luz azul, mantener niveles adecuados de intensidad y ajustar horarios de iluminación según la actividad.
Estas medidas reducen costos, mejoran la visibilidad de cámaras de seguridad y disminuyen el impacto ambiental sin afectar la vida urbana.

Además, los municipios, la industria de la construcción y los fabricantes de luminarias pueden adaptarse gradualmente si cuentan con información clara sobre las regulaciones futuras. Para Ávila, la transición ya está en marcha y representa una oportunidad para modernizar los sistemas de iluminación sin sacrificar el entorno.
Ávila calcula que tomará entre quince y veinte años ver un cambio profundo en la gestión de la iluminación en México, considerando los tiempos de renovación de infraestructura y de implementación de normativas.
Sin embargo, confía en que la evidencia científica, la regulación y la educación ambiental permitirán avanzar hacia ciudades más eficientes y ecosistemas más equilibrados.










