Ernesto Navarro Gómez, dueño y encargado de Cafetería Navarro, convirtió su experiencia como alumno foráneo en un programa de becas alimentarias que ha beneficiado a más de 500 estudiantes desde 2021. Para el semestre actual anunció 30 apoyos; en otros ciclos, al sumarse docentes y padrinos, la iniciativa ha alcanzado cerca de 50 beneficiarios.
Ernesto Navarro y Perla Castro fueron estudiantes foráneos de la Universidad de Sonora en épocas distintas. Él convirtió sus propias limitaciones en oportunidades para los estudiantes con comidas diarias como dueño de la Cafetería Navarro; ella fue una de las jóvenes que encontró en ese apoyo una preocupación menos para terminar su carrera.
Originario de Bacoachi, Sonora, Ernesto llegó a Hermosillo durante su etapa como alumno de Ingeniería Civil en la Universidad de Sonora. Estudió hasta cuarto semestre antes de incorporarse al trabajo, y recuerda que comer en una cafetería no era una posibilidad cotidiana.
“Yo fui en su tiempo alumno foráneo. Yo también estuve aquí en la uni. No tenía para decir: ‘voy a comer a una cafetería’. No es lo mismo ser local y llegar a casa con la comida ya en la mesa”, relató Ernesto.
Años después volvió a la Unison, ahora al frente de una cafetería, ubicada en el corredor de Psicología y Ciencias de la Comunicación. Desde el mostrador, comenzó a reconocer situaciones que le resultaban familiares: jóvenes que no contaban con el dinero suficiente para una comida. Primero los apoyó de manera espontánea, regalándoles el alimento o cobrándoles menos. “No pasa nada, te la regalo, no hay bronca”, recuerda.
Aunque Ernesto es el encargado y rostro principal de la cafetería en atender a los jóvenes, su familia también aparece alrededor del proyecto. Su esposa María de la Cruz Rivera ayuda desde la cocina y funge como enlace con docentes que buscan apoyar a estudiantes, o como su hijo Ernesto Navarro Rivera que lo ayuda atendiendo las órdenes de los alumnos.
Lo que empezó como un gesto cotidiano se convirtió en un programa de becas alimenticias. En el ciclo actual, Navarro anunció 30 becas con una comida y bebida de lunes a viernes. En ciertos semestres se han podido patrocinar hasta 50 alumnos, gracias al apoyo de docentes y otras personas que se sumaron a la iniciativa.
“Lo que comenzó con la idea de becar a 10 alumnos, hoy ayudamos a cerca de 30 a 50 estudiantes por semestre”, resaltó
Su motivación la resume en una sola frase con la que se identifica y repite con frecuencia, ya que sabe de primera mano las dificultades que se tienen a la hora de ser estudiantes y más cuando son foráneos. “Las letras no entran cuando se tiene hambre”.

Ernesto Navarro y la tranquilidad para el estudiante
Perla Castro egresada en 2025 de la facultad de Derecho, llegó desde Nacozari de García para estudiar dicha licenciatura en la Universidad. Ser foránea significaba repartir el dinero entre comida, transporte, materiales y otras necesidades.
“Una comida al día parece que no, pero a largo plazo sí es bastante. Ese dinero que utilizaba en comida ya lo podía utilizar en pasaje, en otras cosas o simplemente en cosas de la escuela”, explicó la licenciada en Derecho.
Una comida completa que va desde quesadillas, onigiris, hamburguesas hasta desayunos o comidas personalizadas con su respectiva bebida dentro del menú de la Cafetería Navarro. El menú puede costar entre 80 y 120 pesos, con esos precios, un estudiante becado puede ahorrar alrededor de 400 a 600 pesos por semana. Ese dinero puede traducirse en camiones, copias, materiales o cualquier otro gasto que la carrera exija.
La beca no solo representa un ahorro, sino una preocupación diaria menos. “Ya en mi mente no estaba la frase ‘¿qué voy a comer ahora?’. A partir de la beca, dedicaba ese tiempo a cosas de la escuela”, resaltó Perla.
Ahí se cruzan ambas trayectorias. Ernesto vivió las dificultades de estudiar lejos de casa y, con los años, convirtió esa experiencia en una manera de acompañar a otros. Perla fue una de esas estudiantes. Él no concluyó su carrera; ella sí. Esa diferencia resume parte del sentido de una ayuda pensada para que la falta de recursos no pese más de lo necesario sobre la vida universitaria.

Ayudar también implica cuidar la dignidad
Para Navarro, otorgar una beca no consiste únicamente en entregar comida. En la convocatoria actual, los aspirantes deben estar inscritos en la Universidad de Sonora, entregar su kárdex académico y una carta o escrito donde expliquen por qué necesitan el apoyo. Navarro aclara que no exige un promedio mínimo: el criterio central es la necesidad económica y la honestidad del solicitante. “Quiero ayudar a gente que sí necesite”, señala Ernesto.
La discreción forma parte del mismo criterio. Los nombres y circunstancias de los becados no se hacen públicos y, cuando llegan por su comida, únicamente se registra su nombre. “Yo no les digo: ‘ah, tú eres becado’. No es mi intención que sepan quiénes están becados”. Para Ernesto, ayudar también significa evitar que quien necesita una mano sea exhibido por recibirla.
Perla terminó la licenciatura y hoy recuerda aquella etapa desde otro lugar. La beca concluyó, pero no el impacto que tuvo en su vida universitaria. “El señor no sabe lo mucho, mucho que me ayudó”, dice.
Para ella, la historia de Navarro también funciona como referencia para quienes dejan su comunidad para estudiar en Hermosillo. “Sales de un pueblo, sacrificas muchas cosas, dejas tu vida atrás, sales adelante, logras terminar una carrera”, cuenta. Por eso considera que verlo a él representa “un reflejo de superación”.
Hoy Perla trabaja y todavía comparte con sus compañeros la historia de aquella beca. No la recuerda solo como una comida gratuita, sino como un respaldo que llegó cuando cada gasto tenía peso.
“Sé que esto lo voy a contar muchos años después. Si formo una familia, lo que sea, yo voy a recordar quién me apoyó cuando realmente lo necesitaba”.

La ayuda que se multiplica
Navarro espera que ese gesto trascienda su cafetería y la propia Universidad de Sonora. Su intención es que más personas encuentren una manera de ayudar desde sus posibilidades y en el lugar donde les toque estar. No plantea la solidaridad como una acción exclusiva de quien tiene mucho, sino como una disposición a reconocer una necesidad y actuar cuando es posible.
La historia de Ernesto Navarro y Perla Castro muestra dos momentos de una misma experiencia: el joven que conoció las limitaciones de estudiar lejos de casa y la estudiante que, años después, encontró en él una preocupación menos para continuar su camino.
Para quien estudia contando cada peso, una comida puede significar más que alimento: puede convertirse en transporte, materiales, tiempo o tranquilidad para concentrarse en la siguiente clase. Y, como repite Ernesto Navarro, las letras no entran cuando se tiene hambre.




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