El arquitecto Luis Valle convirtió su casa en Hermosillo en un laboratorio habitado. En su hogar, Luis prueba soluciones de ecotecnia relacionadas con sombra, ventilación, agua, vegetación y producción de alimentos.
Ricardo Amador / NORO
Luis Valle es un arquitecto y profesor de origen español. Su alma es sonorense y también es el artífice del proyecto Casanova. Luis desarrolla un experimento arquitectónico en su propia casa, ubicada en Hermosillo. En Casanova él reúne distintas soluciones de ecotecnia, la técnica que usan recursos naturales para reducir el impacto de las actividades humanas.
En su vivienda se dedica a experimentar cómo una casa puede responder mejor al calor, aprovechar sus recursos y depender menos de sistemas de refrigeración en el clima extremo del noroeste de México.

El nombre de Casanova surgió como un juego de palabras que plantea la posibilidad de una “casa nueva” y, al mismo tiempo, una nueva manera de entender la vida en la ciudad, la región y su clima. Sin embargo, la elección también tiene una conexión histórica: en esa propiedad vivió Abelardo Casanova, un periodista sonorense de mediados del siglo XX.
“Es un poco el homenaje a la historia, que en realidad la historia también es la que puede permitirnos vivir de una forma más sostenible”, explicó Valle a NORO sobre el origen del nombre del proyecto.
Para el arquitecto, observar las viviendas tradicionales de los pueblos del noroeste permite entender la manera en que sus habitantes se adaptan al entorno cuando no contaban con electricidad, agua corriente o aparatos de refrigeración. Las dimensiones, alturas, orientaciones y materiales tenían que responder necesariamente a las condiciones climáticas.

Con la llegada del aire acondicionado, muchas de esas decisiones dejaron de parecer indispensables. Las casas pudieron construirse con techos más bajos o con una menor consideración por la ventilación natural, porque el calor podía compensarse mediante el consumo de energía.
“Tenemos muchos avances tecnológicos, sería de locos olvidarlos, pero tenemos que volver atrás y aprender, o recordar más bien, cosas que ya se utilizaban antes”, señaló Valle, quien considera que el reto de la arquitectura del siglo XXI consiste en combinar la tecnología contemporánea con conocimientos desarrollados durante siglos para habitar cada territorio.
Una ecotecnia convierte la azotea en abrigo térmico
Una de las principales intervenciones de Casanova es un huerto instalado sobre la azotea. Este espacio forma parte de una investigación del Doctorado en Humanidades en la Universidad de Sonora, que inició en 2024, y continúa midiéndose, como experimento, para hacer casas más frescas.
A diferencia de un techo verde convencional, en el que la tierra se coloca directamente sobre la cubierta del edificio, los módulos de cultivo de Casanova se encuentran elevados mediante una estructura independiente que genera una superficie de sombra sobre la losa.
Después de mantener el experimento en funcionamiento durante un par de años, Valle pudo comprobar que la sombra reduce la temperatura en la cara superior de 40 metros cuadrados y en la parte inferior de la losa, lo que disminuye el calor irradiado entre 1 y 5 grados, según el día, y puede ayudar a reducir la energía necesaria para refrigerarlas durante el verano.

Cuando llegan los meses fríos, el sistema produce un beneficio inverso, ya que la cubierta vegetal evita que la casa pierda rápidamente el calor acumulado durante el día.
“Aquí no estoy aislando tal cual la losa, porque el huerto está separado de la losa, pero lo que estoy haciendo es sombreándola y haciendo esa especie de abrigo protector”, explicó el arquitecto.
Ese abrigo, añadió, crea un aislamiento indirecto que protege la vivienda tanto del calor del verano como de las bajas temperaturas nocturnas del invierno. La separación entre el huerto y la cubierta también permite evitar algunos de los principales riesgos de los techos verdes tradicionales, como las filtraciones de humedad y las afectaciones provocadas por las raíces en el impermeabilizante.

Debido a que Casanova es una casa con más de 50 años de antigüedad, la estructura fue diseñada para llevar el peso de los módulos hacia los bordes, cerca de los muros, en lugar de concentrarlo en el centro de la losa. Además, los cultivos fueron colocados a una altura que permite trabajar en ellos sin permanecer agachado.
Un huerto que modifica los hábitos alimenticios
Aunque el huerto no tiene una extensión suficiente para producir todos los alimentos que consume la familia, la ecotecnia ha generado beneficios que van más allá de un posible ahorro económico. Valle observó, por ejemplo, que el contacto cotidiano con las plantas modificó la relación de su hijo con los alimentos. Ver crecer las verduras, recolectar los tomates y cortar las lechugas despertó su interés por probar lo que se producía en casa.

“Mejora la dieta, mejora la educación alimentaria. Al estar viendo las plantas crecer poco a poco, mi hijo empezó a disfrutar más comer ensaladas”, relató.
Asimismo, ese huerto asegura la disponibilidad constante de hierbas frescas (tales como albahaca, cilantro, romero y perejil). Ya que representa una gran ventaja frente a los productos del mercado, los cuales tienden a echarse a perder a los pocos días de su compra. De esta manera, la arquitectura no solamente interviene en la temperatura de la casa, sino también en la forma en que sus habitantes se alimentan y se relacionan con lo que consumen.
La chimenea solar aprovecha el movimiento del aire
Otra de las ecotecnias que Valle prueba en Casanova es una chimenea solar, diseñada para aprovechar el principio físico por el que el aire caliente, al ser menos denso, tiende a elevarse.
La chimenea está conectada a un espacio de doble altura y busca forzar el movimiento ascendente del aire caliente para facilitar su salida. Esta solución se complementa con ventanas colocadas en muros opuestos y orientadas según la dirección de los vientos dominantes de Hermosillo.

Al unir la ventilación cruzada con el efecto chimenea, el aire puede entrar por una abertura, recorrer el interior y salir por otra, mientras el calor acumulado asciende. La intención es aliviar la carga térmica y disminuir el tiempo durante el cual debe utilizarse el aire acondicionado.
La casa también cuenta con un pergolado móvil, de aproximadamente 24 metros cuadrados, que permanece desplegado alrededor de ocho meses para producir sombra. Durante los aproximadamente cuatro meses con temperaturas más bajas, la estructura se recorre para permitir la entrada de la radiación solar y contribuir a calentar los espacios interiores.
Humedal que recupera agua y beneficia a la biodiversidad
Casanova incorpora además un humedal artificial conectado a una biopiscina, donde las raíces de las plantas y distintas capas de grava funcionan como filtros naturales.
Una bomba mantiene el agua en movimiento y la conduce a través de la zona de regeneración, donde los nutrientes son aprovechados por la vegetación. Este proceso limita el crecimiento de algas, mientras que la presencia de peces ayuda a controlar las larvas de mosquitos.
El espacio también se ha convertido en un punto de encuentro para otras especies. Durante la noche se acercan gatos para beber agua, mientras que por la mañana aparecen tórtolas, libélulas y arañas pescadoras.

“En realidad es un humedal en el centro de la ciudad que sí fomenta la biodiversidad”, señaló Valle al explicar cómo una intervención doméstica puede crear un pequeño ecosistema dentro de Hermosillo.
El arquitecto también proyecta conectar las bajantes pluviales para dirigir parte del agua de lluvia hacia la biopiscina, compensar la evaporación que ocurre durante el verano y crear una reserva que posteriormente pueda utilizarse para regar y, así, poder reutilizar las aguas grises.
Ecotecnias que forman un sistema de ahorro y beneficio para el hogar
Valle advierte que ninguna ecotecnia puede transformar por sí sola una vivienda ni resolver todos los problemas relacionados con el clima. Su efecto aparece cuando la sombra, la ventilación, la vegetación, el huerto, el reúso del agua y los hábitos cotidianos empiezan a complementarse.
“Una ecotecnia sola no te cambia la vida. Una suma de muchos cambios pequeños sí hace un cambio mucho más grande”, resumió el arquitecto.

Por otra parte, la iniciativa no asegura un descenso drástico o inmediato de la temperatura ni del consumo eléctrico. De acuerdo con Valle, el impacto positivo debe medirse de forma integral, contemplando aspectos como el confort, el bienestar, la nutrición, la diversidad biológica y la mitigación del calor ambiental que las construcciones liberan hacia el exterior.
El Proyecto Casanova continuará funcionando como un laboratorio habitado, donde las mediciones y la experiencia cotidiana permitirán evaluar estas soluciones. Para Valle, Hermosillo y otras ciudades del noroeste pueden aprovechar su experiencia frente al clima extremo para investigar cómo vivir, y no solamente sobrevivir, en un mundo donde cada vez más regiones enfrentan temperaturas elevadas.




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