En La Paz, Urbanería demuestra que la participación vecinal puede transformar basureros y camellones áridos en espacios dignos y vivos para la ciudad.
Ricardo Amador/NORO
La organización Urbanería, de La Paz, Baja California Sur, impulsa la creación de oasis urbanos a partir del trabajo voluntario de vecinos, estudiantes y familias que transforman espacios abandonados mediante talleres de construcción, jardinería y arte.
La Paz es una ciudad marcada por un clima desértico y la escasez de agua, por lo que la iniciativa propone una forma distinta de pensar el territorio: con personas organizadas que puede regenerar el desierto dentro de la ciudad.
La fundadora de Urbanería, Lucía Corral, explica que la chispa surgió al ver que muchos habitantes no podían acudir al mar para convivir o descansar, pero sí atravesaban a diario banquetas sin sombra, paradas de camión sin asiento y camellones convertidos en tiraderos.
La primera intervención empezó con un martillo, un serrucho y la invitación abierta a que cualquiera participara.
“Yo pensé que iban a ir mis amigos, pero llegaron más de 120 personas”, relató Lucía a NORO.
Ahí se reveló un secreto importante para la organización: la gente sí quiere mejorar su ciudad, pero necesita un punto de partida claro y la certeza de que su acción tendrá un impacto inmediato.
“Cuando tú te das cuenta de que tus manos pueden construir algo, aunque sea una banca, ya sabes que puedes transformar otras cosas”, afirma Corral.
Esa idea ha guiado a Urbanería desde entonces. Transformar lo que parecía un basurero clandestino en un espacio habitable puede ocurrir en apenas dos días cuando hay coordinación y voluntad colectiva. Y una vez que aparece una banca, una sombra o una jardinera, el comportamiento del lugar cambia: llegan personas, llegan plantas, llegan polinizadores. El oasis crece.
El método de Urbanería parte de involucrar a la comunidad desde el inicio. Los equipos llegan al barrio, conversan con vecinos, observan cómo se usa el espacio y detectan los lugares donde las personas se detienen, buscan sombra o improvisan un asiento. Esas señales cotidianas revelan dónde puede nacer un oasis.
“A veces ves a alguien sentado en una piedra porque es el único lugar que hay para sentarse. Eso te grita que ahí va una banquita”, describe Lucía.
A partir de esos diagnósticos, se construyen proyectos sencillos pero decisivos: una banquita, un pequeño techo que resguarde del sol, una jardinera con plantas nativas capaces de sobrevivir con poca agua.
Luego vienen los talleres donde la comunidad aprende técnicas básicas de carpintería, jardinería, muralismo e infraestructura verde. Durante esas jornadas, se generan vínculos, se destraban habilidades y, con frecuencia, se despiertan vocaciones nuevas.
“Si aprendiste a hacer algo que antes no existía y lo construiste con tus manos, sabes que puedes construir muchas cosas más”, afirma.
Urbanería ha visto cómo niños construyen muebles para sus juguetes, cómo mujeres se enseñan a usar el taladro por primera vez y cómo familias distantes encuentran un espacio para reconectarse mientras trabajan juntas.
“Este tipo de proyectos tiene la posibilidad de sanar familias”, dice Corral.
También ha ocurrido que personas que jamás habían pintado un mural terminan colaborando en intervenciones profesionales, y otras abren pequeños talleres de carpinteríadespués de participar.
Lucía Corral lo resume así: la gente participa cuando ve que puede hacer algo concreto y cuando la experiencia es agradable. No basta con convocar; es necesario diseñar acciones que sean alcanzables, claras y que generen un resultado visible en poco tiempo.
Esa inmediatez rompe la sensación de impotencia ante problemas urbanos que parecen demasiado grandes.
“Mediante la diversión también la gente se puede sumar a este tipo de causas”, recuerda sobre la campaña de Balandra, donde fiestas, paseos en bici y eventos gastronómicos servían para juntar firmas.
Lucía afirma que esa misma dinámica ocurre en los talleres de Urbanería y describe un patrón común: primero la gente observa desde lejos, luego se acerca a opinar, después corrige una técnica y, casi sin quererlo, termina enseñando a otros. “El trabajo se contagia, las buenas ideas se contagian”, resume.
Además, el ambiente es clave. Cuando la actividad se siente como una convivencia y no como una obligación, la participación crece sola.
Más allá de lo social, los proyectos de Urbanería integran principios ecológicos concretos, como jardines de lluvia, zanjas de infiltración y uso de plantas nativas. Estas técnicas permiten que el agua vuelva a entrar al subsuelo, refrescan el microclima y hacen que los espacios se mantengan vivos sin grandes cantidades de riego.
Con estas pequeñas intervenciones, La Paz comienza a comportarse como una ciudad esponja, capaz de absorber agua, sembrar sombra y mitigar el calor extremo. Para Corral, esto no es solo urbanismo: es supervivencia en un mundo que enfrenta sequías crecientes y temperaturas cada vez más altas.
“La ciudad no tiene por qué ser lo contrario a la naturaleza. Podemos crear espacios que nos hagan sentir bien, que nos bajen el estrés, que nos conecten con otros. A veces, una sola banquita puede cambiar el ánimo de todo un barrio”, finalizó.
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