Banquetas deterioradas, falta de sombra y parques poco funcionales son algunas de las señales que especialistas utilizan para evaluar la compatibilidad entre el urbanismo e infancia.
Ricardo Amador / NORO
Una banqueta rota, un parque sin sombra o una calle difícil de cruzar dicen mucho sobre una ciudad. Para especialistas en urbanismo, la forma en que las infancias experimentan el espacio público revela cuáles son las prioridades con las que fue planeada y permite identificar si realmente fue diseñada para que las personas puedan habitarla.
Miguel Mendoza, director de Nómada Estudio Urbano, en Cd. Juárez, Chihuahua, explicó a NORO que una forma de descubrir esas barreras consiste en mirar la relación entre urbanismo e infancia. Este es un ejercicio que cambia por completo la manera de entender el espacio público.

“Hay una metodología que se llama Urban95 y propone hacer un ejercicio muy sencillo: bajarnos a la altura de los 95 centímetros. Caminar una calle, una plaza o un parque desde esa perspectiva y preguntarnos si realmente estamos ofrecemos amenidades, confort, actividades o incluso eliminando barreras que permitan la comunicación y el juego”, explicó Mendoza.
Con esta metodología, autoridades, urbanistas y ciudadanía recorren calles, plazas y parques desde la altura aproximada de una niña o un niño para identificar barreras que normalmente pasan desapercibidas para los adultos. Urban95 fue impulsada por la Fundación Bernard van Leer y hoy se utiliza en distintas ciudades del mundo como una herramienta para incorporar las necesidades de la primera infancia en la planeación urbana.

Desde esa mirada aparecen obstáculos que muchas veces pasan desapercibidos para los adultos: banquetas deterioradas, cruces inseguros, falta de árboles, poca sombra, mobiliario insuficiente o espacios donde permanecer resulta complicado. Son detalles que, vistos desde la experiencia de la infancia, permiten evaluar qué tan accesible y habitable es una ciudad.
Caminabilidad y otros factores que se interponen entre el urbanismo e infancia
Para Mendoza, el primer indicador de una ciudad poco amigable con las infancias es la caminabilidad. Si una persona adulta encuentra difícil recorrer una ciudad a pie, esa experiencia suele ser todavía más complicada para una niña o un niño que apenas comienza a desarrollar autonomía.
“Para identificar una ciudad poco amigable con las infancias empezaría por la caminabilidad y por tener espacios dignos para transitar, y, además, dejar un poco esta visión centrada en el automóvil. También tenemos que pensar en la adaptación al cambio climático y entender que el juego no tiene que ocurrir solamente en un espacio, sino que la ciudad puede propiciarlo en distintos lugares”, señaló.

Las recomendaciones de Mendoza coinciden con la guía internacional Designing Streets for Kids, desarrollada por la Global Designing Cities Initiative, plantea que una calle amigable con la infancia debe ser segura, cómoda e interesante para explorar.
Además de integrar infraestructura para reducir la velocidad de los automóviles, recomienda incorporar árboles, mobiliario urbano, espacios para permanecer y elementos que inviten al juego y al aprendizaje cotidiano.
Diseñar con las infancias: nuevas oportunidades de urbanismo
Para el urbanista, una ciudad amigable con la infancia no se construye únicamente instalando juegos nuevos o rehabilitando parques. También requiere escuchar a quienes utilizan esos espacios todos los días.
A través de talleres participativos, Nómada Estudio Urbano trabaja con niñas y niños para que recorran sus escuelas y espacios públicos, identifiquen problemas y propongan soluciones mediante dibujos, fotografías, maquetas y actividades diseñadas especialmente para ellos.

“Lo importante no es solamente llegar y decir qué hace falta cambiar. Cuando te bajas también a esos 95 centímetros desde la gestión y el diseño, muchas veces quienes terminamos aprendiendo más somos nosotros. Es un aprendizaje total y encuentras nuevamente el motivo por el que estás haciendo las cosas”, comentó.
Esa participación permite que los proyectos cubran necesidades reales de quienes habitan esos espacios. Además, genera información que posteriormente puede utilizarse para intervenciones urbanas de mayor alcance.
El manual Planificación urbana responsable con la infancia, elaborado por UNICEF dentro de la iniciativa Ciudades Amigas de la Infancia, señala que poner a niñas y niños en el centro de la planeación no solo mejora su bienestar, sino que también contribuye a construir ciudades más seguras, saludables, inclusivas y sostenibles para toda la población.

Mendoza considera que el reto no consiste en construir ciudades exclusivas para niñas y niños, sino en dejar de diseñarlas únicamente desde la perspectiva adulta.
“Si trabajamos con una mirada más amigable, incluyendo a las infancias o simplemente tratando de ser amigables para todos los grupos etarios, vamos a tener un intento por hacer ciudad para todas las personas”, concluyó.
Organizaciones dedicadas al urbanismo e infancia coinciden en esa idea: cuando una ciudad es segura, accesible y estimulante para los infantes, también suele serlo para personas mayores, personas con discapacidad y cualquier habitante.
Mirar la ciudad desde la infancia deja de ser únicamente un ejercicio de empatía y se convierte en una forma de evaluar la calidad del urbanismo.



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