La artista mexicana, Ana Teresa Fernández, pintó de azul cielo la frontera entre México y Estados Unidos, creando la ilusión de un muro borrado y abriendo un diálogo sobre lo que significa dividir territorios.
Grecia Bojórquez/ NORO
En 2011, la artista visual Ana Teresa Fernández inició un proyecto que buscaba modificar un paisaje marcado por la división, el de la frontera entre México y Estados Unidos. Armada con brochas y pintura azul cielo, Fernández y un grupo de colaboradores cubrieron tramos del muro en Tijuana para que, visto desde la distancia, se confundiera con el horizonte. La obra, titulada Borrando la Frontera (Erasing the border), ofrecía la ilusión de que una parte de esa estructura desaparecía.

Con el paso de los años, Fernández llevó la intervención a Nogales, Agua Prieta, Ciudad Juárez y Mexicali. En cada ocasión, artistas, vecinos y organizaciones de ambos países se sumaron a la actividad colectiva, creando un momento en el que el muro dejaba de funcionar como límite visual y simbólico.
Ana Teresa Fernández: del performance al mural compartido
Fernández, nacida en Tampico en 1981 y migrante a Estados Unidos desde la infancia, había realizado previamente performances en la playa de Tijuana. Uno de ellos consistía en barrer la arena frente al muro, un acto que evidenciaba las políticas migratorias y las tensiones en esa franja geográfica.

Con el tiempo, la artista buscó una manera más directa de intervenir en el espacio. “¿Por qué no pintarlo directamente?”, relató en entrevistas, al recordar cómo se le ocurrió la idea de transformar físicamente el muro en lugar de solo representarlo.
La propuesta se alimentó de conversaciones con su madre, también artista, quien documentaba la frontera en fotografías y compartía con ella historias de migrantes, familias separadas y deportaciones.

Al conocerse su trabajo, comunidades de Texas y Arizona, lugares atravesados por leyes migratorias restrictivas y vigilancia constante, mostraron interés en replicar la experiencia. El proyecto dejó de ser solo una performance y se transformó en una serie de intervenciones públicas que cuestionaban la presencia misma de la frontera.
El arte como ilusión y como diálogo en Tijuana
El efecto óptico creado por la pintura revelaba lo que ocurriría si la barrera no existiera, un paisaje continuo, sin cortes abruptos. Esa ilusión visual abrió un espacio de conversación sobre lo que significa vivir a ambos lados del muro y sobre la naturaleza arbitraria de las fronteras.

La pieza fue documentada en fotografía y video, además de ser presentada en exposiciones y festivales internacionales. En 2017, incluso formó parte de un documental producido por VICE. Cada nueva versión de Borrando la Frontera invitar a imaginar una realidad distinta y a reconsiderar la forma en que los muros, físicos y simbólicos, afectan las relaciones entre personas y comunidades.

El gesto también se enmarca en una práctica artística más amplia de Fernández, que incluye pintura, instalación y performance. Sus obras exploran temas de género, migración y desigualdad social, siempre desde una mirada que une lo íntimo con lo colectivo.
Un paisaje abierto a la imaginación
Más de una década después, el proyecto muestra que el arte puede abrir diálogos en territorios marcados por la violencia, la vigilancia y la separación. Para quienes participaron, pintar el muro fue también un modo de apropiarse de un espacio que rara vez pertenece a las comunidades locales.

En su obra, Fernández sigue explorando las tensiones entre género, migración y territorio, pero Borrando la Frontera permanece como uno de sus proyectos más emblemáticos, con este mostró que el arte puede transformar el paisaje, aunque sea por instantes, y hacer visible la posibilidad de imaginar otros realidades.
Con información de Arte Informativo, Código Nuevo y publicdelivery.org.










