A los 17 años vivió en un velero escuela. A los 25, Eugenia Méndez fundó Akampa para volver al océano con Oceanida y cruzar el Atlántico con el primer equipo de mujeres latinoamericanas.
Eugenia Méndez nació en San José del Cabo, Baja California Sur, rodeada del Mar de Cortés. De chica, la actividad en la playa era dejarse revolcar por las olas en la orilla porque no la dejaban meterse al agua.
Aún así, a los 17 años, el 9 de septiembre de 2018, Eugenia se embarcó en un velero escuela durante nueve meses y cruzó el Atlántico. Después, a los 25, Eugenia Méndez es cofundadora de Akampa, una empresa de expediciones en Baja California Sur. Además es parte de Oceanida, el primer equipo de mujeres latinoamericanas para cruzar el océano Atlántico a remo.
El crowdfunding que nadó muy lejos
La idea de subirse al Gulden Leeuw del programa Class Afloat es una experiencia educativa internacional que combina estudios académicos con navegación en un barco escuela. Llegó a través de un amigo de Playa del Carmen, donde Eugenia vivió su adolescencia. Él ya estaba en un programa similar y le explicó cómo aplicar. Eugenia tenía 15 años cuando decidió que quería ir, sin embargo, el problema fue el dinero.
El programa costaba alrededor de un millón y medio de pesos, alrededor de 83 mil dólares. Sus papás no podían cubrirlo. Ella empezó a buscar por todos los frentes: becas de asociaciones internacionales de navegación, la fundación del propio barco escuela, marcas a las que escribía por correo. Ninguna vía fue suficiente.

«No conocer los límites fue clave para no limitarme», reflexionó Eugenia. «Cuando realmente ubicas cuánto cuesta y todo lo que tienes que hacer para lograrlo, te pones una barrera. Yo al no conocer esas barreras pensé: qué tan difícil puede estar.»
Hizo un blog, videos y una página web para documentar el proceso. Incluso, ingresó a una plataforma mexicana de crowdfunding que, en aquel entonces empezaba, la conectó con gente que no conocía, pero la podría apoyar. Un año y medio después, la directora de su escuela la llamó. Ella la había acompañado en el proceso desde el inicio, al ver el esfuerzo que hizo Eugenia, le ayudó a gestionar una beca para completar el dinero que le faltaba.
«Yo un mes antes no me iba a ir», recordó. «La directora me dijo: llevas trabajando un año y no puede ser. Eres la única alumna que ha hecho esto, tienes que ir.»

La experiencia que da nacimiento a la pasión por el mar
El barco escuela tenía 70 metros de eslora, longitud total desde la parte delantera hasta la trasera y la embarcación contaba con 70 personas a bordo de 18 nacionalidades. El idioma oficial era el inglés. Las literas eran del ancho de los hombros, en filas de tres y pilas de tres. Cada persona tenía dos lockers como los de una escuela secundaria.
El día se dividía en bloques. Dos horas de guardia en el día, dos en la noche y una rotación de actividades cada tres semanas. Más reglas: limpieza diaria, mantenimiento casi diario y cocinar cada ciertos días para todos. Las clases: dos o tres por día.

«El barco entendía muy bien que el aprendizaje era más afuera», explicó Eugenia. «Más en colaboración, comunicación y formar parte de una comunidad, más que en tomar una clase de matemáticas.»
La experiencia más intensa llegó dos meses después de subirse al barco, justo cuando subió por primera vez a la vela más alta, a 35 metros del deck o la cubierta. Las escaleras de cuerda se estrechan mientras uno las sube. Arriba, el cuerpo se vuelve parte del oleaje.
«Volteé a ver 360 grados de nada, pura agua y el sol metiéndose», narró. «Sentí una inmensidad inexplicable. Como que la vida no se trata de lo que yo pensaba. Esto es otro nivel de sentirme viva.»
Ese día gritó con su compañero desde arriba del mástil. Desde entonces busca momentos que la hagan sentir así.

Remar de Akampa a Oceanida
Al bajar del barco ya tenía 18 años y no sabía bien dónde encajar. Regresó a Playa del Carmen, estuvo un semestre reintegrándose. Luego se fue a Los Cabos a trabajar en yates mientras aplicaba a barcos de vela en Europa.
En marzo de 2020, quiso volver al océano, consiguió un trabajo en un velero español el cual zarparía desde Cancún. Antes de partir, hizo una parada en Playa del Carmen para visitar a sus papás. Pero en ese momento, la pandemia canceló el trabajo, sin otra alternativa tuvo que quedarse con su familia.
Con tiempo y sin trabajo, su primo de Ciudad de México le propuso emprender juntos. Así nació Akampa, empresa de expediciones y experiencias en Baja California Sur. Eugenia Méndez era la única mujer, entre cinco socios, además de ser la más joven.
«Akampa ha sido mi maestría más grande», afirmó. “Como directora operativa diseñaba los viajes, hacía los scoutings, contrataba guías locales, trabajaba con pescadores y capitanes y recibía a todos los clientes en campo”. Incluso, en 2024 el equipo participó en el programa televisivo Shark Tank México.

Pero Eugenia no podía quedarse quieta. A un año de fundar Akampa, el mar volvió a llamarla. Akampa le daba todo, menos la misma sensación de estar en altamar, esa, la de estar navegando sobre el agua con 360 grados de puro mar. Esa nostalgia, la llevó a construir el proyecto de Oceanida… en silencio, sin decírselo a nadie. Llenó un documento de Word cada semana con presupuestos, videos de otros equipos y listas de cursos. Un año después se lo contó a sus papás y a su hermana.
«No tengo nada, no tengo equipo, no tengo dinero, no tengo idea cómo lo voy a hacer», les dijo. «Pero quiero hacerlo,» decretó Eugenia.
Eugenia Méndez y el “dream team” de mexicanas para cruzar el Atlántico
La idea de cruzar el Atlántico no llegó solo, sino de un documental sobre el primer equipo de mujeres en cruzar el Pacífico a remo. Eugenia lo vio en la pandemia con su mamá. Aplicó a equipos europeos que ya existían. Ninguno la aceptó: era mexicana, no tenía dinero ni experiencia en remo. Una mujer le dijo que, si tenía tantas ganas, armara su propio equipo en México.
«México y Latinoamérica no tienen experiencia en esto. Era un reto más grande», señaló. «Pero si se hiciera en México, ¿cómo sucedería?», se reiteró Eugenia Méndez.
La primera en sumarse fue Ana Lucía Valencia, a quien conoció cuando la contrató como guía en una caminata de Akampa. El mismo día que la conoció le preguntó si quería cruzar el Atlántico y que Eugenia quería remar con ella. Ana dijo que sí.

Andrea Gutiérrez entró seis meses después. Con tres, Eugenia hizo una presentación de dos horas y les advirtió que, si al día siguiente querían atravesar el Atlántico, el proyecto arrancaba en serio. Entraron. Hicieron el grupo de WhatsApp y eso lo oficializó todo.
En diciembre de 2024 compraron la chalupa y la llevaron a La Paz, Baja California Sur. Todo 2025 fue de entrenamiento, cursos en Inglaterra, trabajar de la mano de una psicóloga, un entrenador físico y el capitán de ruta. El 12 de diciembre de 2025, Eugenia Méndez, Ana Lucía Valencia, Lucila Muriel y Andrea Gutiérrez salieron del puerto de La Gomera, en las Islas Canarias, España.
Experimentar la travesía, vivir las olas y llegar a tierra firme
Remaron doce horas al día en turnos de dos horas, con hora y media de sueño entre cada uno. Cuarenta y cinco días, una hora y treinta y cinco minutos después llegaron a Antigua y Barbuda, en el Caribe. Así, se convirtieron en el primer equipo de mujeres latinoamericanas en cruzar el Atlántico a remo en la competencia World’s Toughest Row.
Los primeros diez días fueron los más duros. Andrea tuvo dolor de rodilla sin poder dormir y llagas en la piel por la humedad constante que solo se curaban estando seca, algo casi imposible en altamar. Lucila se sentaba frente a ella, respiraban juntas y lloraban. Pasaron Navidad y Año Nuevo en el océano. Andrea llevó sombreritos navideños de colores para cada una y pusieron villancicos todo el día.
En altamar los días pasaban casi iguales y ese gesto fue suficiente para que se sintiera distinto. Cuando vieron tierra, todas dejaron de remar al mismo tiempo. Antes de entrar a la bahía donde esperaban las familias, Eugenia les leyó algo que había escrito. Luego llegó una lancha de medios con cámaras y gritos. Tardaron en entender qué era todo ese ruido.

Hoy Oceanida es una asociación civil. El equipo colabora con dos organizaciones. Por un lado, el Fondo Guadalupe Musalem, en Oaxaca, que apoya el desarrollo y educación de mujeres y niñas en comunidades indígenas. Por el otro, a las Sirenas de Natividad, un grupo de cinco mujeres de una comunidad pesquera en Isla Natividad, Baja California Sur, que abren espacios laborales para mujeres en el sector pesquero y encabezan proyectos de conservación marina mediante buceo científico. Oceanida prepara una donación para ambos grupos y trabaja en aterrizar cómo y dónde irán los recursos. También preparan un documental.
Eugenia no sabe todavía qué sigue después de cerrar este capítulo. Le hacen ruido las conferencias, el trabajo social, el documental. Lo que sí sabe es que las pulgas por el mar no le duran mucho.
«Nadie empieza sabiendo», expresó. «Todos empezamos de cero, sin saber absolutamente nada. Si no sabes cómo hacerlo, ahí es. Sólo empieza”, finalizó Eugenia.





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