El entrenador sonorense Zito Vásquez formó en Navojoa a su hijo, Johan Vásquez, defensa del Genoa. Hoy, su disciplina y visión en el futbol influyen en la ruta de México hacia la Copa del Mundo 2026
Ricardo Amador/NORO
Rigoberto “Zito” Vásquez es un entrenador de futbol originario de Navojoa, Sonora. Formó desde la infancia a su hijo, el actual defensa del Genoa de Italia, Johan Vásquez, quien suma continuidad en la Serie A y se perfila como pieza importante de México rumbo al Mundial de 2026.
En Sonora, el beisbol ha sido la referencia deportiva por décadas. Zito Vásquez creció entre guantes, pelotas y campos abiertos, pero el futbol terminó convirtiéndose en la columna vertebral de su vida y, eventualmente, en el deporte que proyectaría a su familia hacia el escenario internacional.

Su infancia transcurrió en la colonia Hidalgo en Navojoa, en una época en la que los niños podían pasar el día entero fuera de casa sin mayor preocupación. Aquellos años en los que se movían en bicicleta entre el río Mayo y una ciudad donde el deporte se vivía en la calle.
En la Huerta Obregón, un espacio que quedaba a las afueras de Navojoa, se empezaron a armar campos improvisados en los años 70, pero con el tiempo desaparecieron por el desarrollo de la ciudad. Ahí, Zito encontró una alternativa deportiva que lo atrapó. Su vocación como entrenador no nació de inmediato, reconoce que fue un jugador con talento, pero con una mentalidad todavía inmadura.
“Nunca pensé ser entrenador. Siendo jugador era un poco renuente en los entrenamientos. Yo decía: ‘Si soy bueno, ¿para qué tengo que entrenar tanto?’. Hoy me doy cuenta de que estaba equivocado”, comentó Zito de manera autocrítica, que le sirvió como un punto de quiebre que marcó su trayectoria.
El poder de prepararse para «el partido”
Ya casado y con hijos pequeños, Zito entendió que si iba a dedicar su vida al futbol. Primero, debía hacerlo con preparación real, y fue así como decidió estudiar formalmente para convertirse en director técnico.
Durante dos años viajó todos los lunes de Navojoa a Culiacán para estudiar en el Sistema Nacional de Capacitación de la Federación Mexicana de Futbol, en jornadas que implicaban salir antes del amanecer y regresar de madrugada, cuando el resto de la ciudad dormía.

“Me iba a las cinco de la mañana, llegaba a Culiacán al mediodía, clases de una a ocho, y de regreso a veces me bajaban hasta las vías a las dos o tres de la mañana. Mi esposa se quedaba trabajando aquí. Fueron dos años así”, relató Vásquez.
Mientras él estudiaba, el sustento familiar se sostenía con su negocio de mariscos, los Mariscos Zito, en la colonia Juárez, que visitamos para esta entrevista. Comenzó como una pequeña carreta y creció con el tiempo para convertirse en un restaurante reconocido de la ciudad. El fútbol y la cocina se volvieron, paradójicamente, dos pasiones paralelas.
Pero lo que estaba construyendo, no era un restaurante ni un equipo profesional todavía; estaba construyendo una filosofía.
Talento y disciplina juegan en la misma cancha
Cuando sus hijos comenzaron a acompañarlo a entrenamientos, Zito tomó una decisión. Él no impondría en sus hijos, Rigoberto y Johan, la obligación de entrenar futbol hasta profesionalizarse.
“Yo lo dejé desarrollarse, nunca lo obligué a ‘vas a hacer eso’, que se desarrollaran como lo debe hacer cualquier deportista. Yo nunca lo obligué a que fuera profesional”, comentó.
La casa se llenó de balones y ventanas rotas, pero no de presión. Las primeras visorias —o el proceso de captación de futbolistas— llegaron temprano. Pero también las implicaciones de volverse un futbolista profesional.

Johan se fue a jugar con el Pachuca a los 10 años, pero la distancia terminó pesando y regresó a Navojoa. Con el tiempo, los obstáculos no fueron solo deportivos, sino también emocionales. Hubo etapas en las que la frustración se acumuló al punto de poner en duda su camino.
“Hubo momentos en los que quiso tirar la toalla y su mamá, que siempre ha sido un poquito más brava, le decía: ‘no, qué síguele, qué mira, qué esto y esto y nadie te va a decir a ti que no puedes’”.
Zito no le prometió éxito, tampoco lo retuvo por miedo a que sufriera. Lo acompañó. Y en ese acompañamiento sin presión se fue formando algo más sólido que el talento, la resistencia de un deportista formado con el cariño de su papá.
“No es una historia fácil, cada quien tiene su historia difícil, de batallar para llegar. Yo le dije (a Johan), yo no te voy a quitar el sueño, así que búscale y le echamos ganas. Las historias salen a flote, pero nadie conoce la trayectoria, solo nosotros que supimos cómo la vivimos”, agregó.
Si algo define la figura de Zito no es el éxito de su hijo, sino la coherencia con la que ha defendido una idea de que el talento debe ir bien acompañado de la disciplina.

“Yo siempre he dicho que la suerte no existe. La suerte es la combinación de oportunidad con trabajo. Puedes tener la oportunidad y no trabajar y se te va. No puedes entrenar al 30% y querer jugar al 100%. Puedes tener tú el talento, pero si en la noche te desvelas o no entrenas más, porque eso es muy dado en los que son más talentosos, entonces tu carrera puede ser muy cortita”, afirmó.
Hoy, con Johan Vásquez como defensa del Genoa, y consolidado como titular en la Serie A, esa filosofía encuentra validación práctica. El central mexicano compite cada semana en una de las ligas tácticamente más exigentes del mundo. Su continuidad es consecuencia de una estructura mental que comenzó en los campos de Navojoa. Precisamente entre los entrenamientos, la dinámica familiar y en aquellos momentos donde le pedía consejos a su padre.
Zito’s Boys, escuela formadora de futbolistas en Navojoa
Antes de que Johan Vásquez jugara en Europa, antes incluso de que saliera de Sonora, ya existía en Navojoa un proyecto que buscaba abrir espacio al fútbol en una ciudad históricamente beisbolera. Por ello, el sonorense vio la necesidad de crear una escuela con los jóvenes de su colonia y así, fue como nació en 1996 Zito’s Boys.
Esta escuela con el tiempo se convirtió en referencia regional. Los primeros años arrancó con niños del barrio y entrenamientos sencillos, pero el proyecto creció conforme más jóvenes se acercaban.

“Empecé con los niños de la colonia, y después con categorías duras. Llegó un momento en que tenía todas las categorías en las juveniles e infantiles”, añadió.
Con el paso de los años, Zito’s Boys no solo se mantuvo, sino que empezó a generar resultados. Hoy, además de Johan, otros jóvenes de la región han salido rumbo a fuerzas básicas de clubes profesionales.
“En este año que pasó se fue un 2010 a Monterrey y también el año pasado se fue Miguelito un 2007. Están en Monterrey en Fuerzas Básicas. Hay dos muchachos que están en Xolos, en Fuerzas Básicas, y uno en segunda división. Entonces, pues ahí vamos”, relató.
El impacto también se refleja en el interés externo. Visores o cazadores de talentos que antes no volteaban hacia el sur de Sonora ahora consideran a Navojoa como un territorio con gran potencial.
Zito Vásquez abrió una posibilidad distinta para la gente de Navojoa: no solo formó a un futbolista profesional, sino que ayudó a cambiar la forma en que una comunidad entiende el fútbol.

Mientras México se prepara para el Mundial de 2026, el legado de Zito no se mide únicamente en minutos jugados o en equipos europeos, sino en algo más difícil de cuantificar: haber demostrado que desde el sur de Sonora también se puede construir una carrera en el fútbol profesional.




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