En Sonora, los artistas encuentran inspiración en el medioambiente y en la emergencia climática que atraviesa el territorio. Estos creativos invitan a reconectar, reflexionar y construir nuevos vínculos con la tierra.
Grecia Bojórquez/ NORO
El deterioro ambiental ha dejado de ser una amenaza distante para convertirse en una emergencia que golpea de lleno al presente de Sonora. Basta recordar el derrame de más de 40 mil metros cúbicos de sulfato de cobre en el Arroyo Tinajas en 2014, uno de los desastres ecológicos más graves del país, que afectó a más de 270 kilómetros del cauce del Río Sonora.

Las secuelas aún se sienten en la región con pozos clausurados, actividades económicas interrumpidas y una relación fracturada entre la industria y la comunidad. Una década después, el panorama no es más alentador. Sonora se ubica entre los estados con mayor nivel de sequía del país.
El 100% de su territorio enfrenta algún grado de escasez hídrica con 30 municipios en sequía extrema y 42 en condición excepcional. A esto se suma el aumento en las temperaturas y la ausencia prolongada de lluvias, factores que agravan la crisis, ponen en jaque la vida cotidiana y el entorno.

Ante esta realidad, el arte no se queda callado. Desde lo visual y lo performático, distintos creadores y creadoras sonorenses han hecho del medioambiente un eje central de su obra, denunciando, cuestionando y proponiendo nuevas formas de ver y habitar el territorio.
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En entrevista para NORO, cuatro artistas reflexionaron sobre la emergencia climática, sus vínculos con la tierra y cómo su práctica busca reconectar con la naturaleza, no desde la nostalgia, sino desde la acción creativa.
René Gerardo: el cuerpo, el río, la resistencia
René Gerardo es performer y escritor. Su obra nace desde el cuerpo como primer territorio. Desde ahí, piensa, crea y resiste. Habitar Sonora para René es una forma de enraizarse, pero también de confrontar un presente marcado por la sequía, el despojo y la desconexión con la tierra. Tras años de moverse por distintas ciudades, volvió a Hermosillo como parte de un ejercicio de reconexión con su origen en Benjamín Hill, Sonora.
“El agua sostiene, sostiene todo, todo el ciclo de vida lo sostiene… está en todo lo que vemos, en todo lo que respiramos incluso.”

“Me he dado cuenta qué es lo más importante para mí: hablar y defender mi cuerpo como primer territorio, mi pueblo y mi estado.”
En la pieza ¿Ya viste el agua que está llorando ahí?, que presenta junto a Anitza Palafox, ambxs integrantes del Colectivo Lo que viene del Sol, René aborda el derrame del Río Sonora ocurrido en 2014. La obra construye un espacio escénico en el que el público no solo observa, sino que se involucra emocionalmente. Para René, el arte no es únicamente el resultado final, sino también un proceso colectivo de creación, memoria y escucha.

“Siento que esa es la respuesta del público, del espectador: saber que hay esperanza, y que la esperanza está ahí, está en que nos sabemos ahí, en que habemos personas que queremos realmente que dejen en paz nuestros ríos, que se recupere nuestro territorio. Que no invadan, que no nos desplacen, que no nos despojen de nuestros afectos con el territorio.
Aunque Gerardo reconoce que el arte no resolverá por sí solo la crisis ambiental en Sonora, sí defiende su poder para activar afectos, generar diálogo y sembrar pequeñas resistencias.
“Es una resistencia de todos los días, de todos los días… y eso siento que es lo más esperanzador real en hacer esto.”
René reflexiona sobre cómo el arte puede transformar la relación con el entorno natural a través del proceso creativo más que solo el producto.

“No se trata de que el arte cambie todo, pero sí puede aportar a esa conducta cultural con nuestro entorno. Es en el proceso, en el diálogo colectivo, donde se fortalecen esos lazos.”
Para René, la conexión con la tierra y el agua no es solo física sino afectiva:“Rescatando esa sensibilidad con las plantas, los animales y entre nosotros mismos, que es lo que nos conecta y nos debe preocupar y ocupar.”

Más allá del escenario, su apuesta está en el proceso. Cree firmemente que el arte no va a cambiar el mundo por sí solo, pero sí puede incidir en las formas de relacionarse. Y es ahí donde está el potencial transformador: en el acto de crear en comunidad, en el diálogo con el público, en el recordar juntos los árboles de limón que ya no dan fruto, los ríos que ya no corren.
“Lo que me motiva es seguir buscando esa esperanza colectiva, que no sea solo mía. Es como la búsqueda de esa esperanza, de esa imaginación como colectiva. Y, la verdad, me motiva mucho cambiar. Pensar que la transformación no está en un lugar lejos de éste, sino que está aquí entre nosotros, en esos pequeños diálogos y conversaciones que hay al final de cada presentación que hacemos del agua”.
Sebastián Valdez: la mirada, el paisaje, la chispa
“No hay manera de que una persona quiera cuidar un árbol que nunca va a poder ver.” Así resume Sebastián Valdez, fotógrafo y creador del proyecto The 25 Frame, la importancia de conocer el entorno natural para amarlo y protegerlo.
Para Sebastián, Sonora es mucho más que desierto, es un territorio lleno de lugares por descubrir que ha buscado destacar a través de su lente, esto con la intención de que la gente de su propio estado pueda valorarlos.

“Sonora es una de las joyas menos conocidas a nivel mundial, incluso dentro de México casi nadie habla sobre ella. Casi todos conocen Sonora por sus desiertos, pero no por sus otras joyas ocultas, que he tratado de destacar mediante fotografías y viajes para que las personas del Estado puedan reconocerlas.”
Este trabajo de visibilización nace con la convicción de que el cuidado del medioambiente comienza por la conexión directa, por el amor que se genera cuando las personas se acercan a la naturaleza.

“Hay que impulsar a las personas a que vayan y visiten esos lugares para que los quieran proteger. Sé que al principio las personas dicen… ‘Si va mucha gente, van a empezar a contaminar…’, pero el hecho de que solamente unas cuantas vayan, esas personas nadie los regula y esas mismas personas generalmente van a contaminar poco a poquito. Si hay muchas personas yendo y protegiendo, va a haber más proyectos que quieran conservar estas mismas zonas.”
Lo que impulsa a Sebastián a seguir creando es la fascinación que siente al descubrir rincones que lo hacen cuestionar cuánto se ignora en la vida diaria. Para él, esa revelación constante es parte su proceso creativo.

“La base de mi movimiento y lo que a mí me motiva a seguir creando es realmente lo que yo sentí la primera vez que conocí uno de esos lugares que me impactó demasiado… Esa es la chispa de todo, que te empieces a fijar tú también en las cosas que estás ignorando todos los días. Entonces el proyecto me sigue motivando a entregarles esa chispa, que ellos también despierten y vean una motivación en sus vidas para seguir cambiando y observando diferente la manera en la que ellos viven.”

Sebastián cree en el poder transformador del arte para despertar en las personas una nueva forma de ver el mundo: “Si las personas se acercan un poquito al arte en sí, yo creo que van a hacer un cambio dentro de sí mismos y van a poder descubrir para qué viene a este mundo.”
Jaime Villa: el arte, la pregunta, la naturaleza
Para Jaime Villa, director de cine, el entorno natural no solo influye en su obra, lo atraviesa: “De manera natural, el medioambiente permea casi todo lo que hago como creador.”
“Creo que el arte puede ayudarte a preguntarte, y creo que a partir de hacernos preguntas es cuando nosotros como personas podemos empezar a cambiar la forma de relacionarnos con el ambiente.”, comentó el cineasta.

En su documental El llanto de las tortugas, enfocado en el ecosistema de Bahía de Kino y el trabajo de conservación de las tortugas marinas, Jaime no buscó capturar una belleza idealizada del paisaje, sino lo que existe realmente en él.
“Creo que es importante mostrar lo que tenemos, y no de una manera como hacer paisajes bellos precisamente. Hay una belleza implícita, pero creo que hay que mostrarlo de manera mucho más natural.”
Su trabajo surge de la necesidad de revelar ese entorno vivo que se habita, con una mirada honesta y sin adornos. En este camino Jaime reconoce que no siempre se escuchan todas las voces creativas, pero percibe un crecimiento.

“Creo que cada vez hay más artistas preocupados por mostrar lo que somos, lo que somos en el noro. Cada vez nos escuchan más también en el ámbito cinematográfico y en el teatro”.
Su motivación es el aprendizaje, el poder usar el arte como una forma de conocer mejor el ecosistema, no solo el marino, sino todo lo que lo rodea: “Para mí, hacer una película es una licencia para aprender. Con El llanto de las tortugas quise profundizar en ese conocimiento, y compartir esa experiencia con otros, para que también puedan sentir lo que yo sentí”.

Jaime no se queda en la esperanza abstracta, al hablar del futuro ambiental, sino en una invitación a la reflexión y a la acción consciente.
“Más que esperanza, yo pienso en un mensaje de autoreflexión, de autocrítica, para que poquito a poquito podamos ir cambiando. Por ejemplo, si tienes la posibilidad de plantar un árbol, no solo es plantar cualquiera, sino uno que pertenezca a este lugar”.

Para Jaime, el arte tiene un papel doble: puede ser un motor para movimientos sociales o simplemente un espacio para el aprendizaje y el juego: “Cuando estábamos haciendo El llanto de las tortugas, no lo hicimos para cambiar la forma de pensar de la gente, sino como una forma lúdica de aprender”.
Pero también reconoce que “hay arte que sí busca crear movimientos y acciones”. Lo esencial, dice Jaime, es que “el arte no debe ser aleccionador, sino un espacio para que cada quien encuentre su manera de conectar con el mundo”.
Marlen Loss: la memoria, la resiliencia, la búsqueda
Marlen Loss es artista visual. Su obra explora el territorio desde una búsqueda personal y sensible, con un enfoque en la medicina tradicional, los saberes ancestrales y la naturaleza como un ente vivo, con conciencia y memoria.
“Las plantas me han enseñado cómo resistir en un lugar hostil. Resisten por no morir. Y creo que en nuestros procesos creativos también hay que seguir trabajando y resistiendo, aunque no haya tanta difusión, aunque se nos haga difícil.”

En su obra Travesía al Hant Comcáac, expuesta recientemente en Hermosillo, colaboró con la comunidad del pueblo seri para visibilizar las plantas medicinales del desierto sonorense.
“Yo creo que si les damos un significado, podemos acercarnos más a la naturaleza y cuidarla. Saber que es sagrada nos impulsa a ver el medioambiente de una manera distinta.”
Para Marlen, el arte no impone un cambio, pero sí despierta emociones que pueden llevar a transformar la relación con el entorno. A través de instalaciones, pintura y procesos in situ, su práctica busca crear experiencias que acerquen a las personas a formas más profundas de conexión con la tierra.

“El arte no nos obliga a cambiar, pero sí nos ayuda a sentir. Nos inspira a valorar lo que nos rodea, a sensibilizarnos ante el paisaje que muchas veces ignoramos.”
Trabajar directamente en el desierto le ha significado un reto físico y emocional. A pesar de la belleza del paisaje, las altas temperaturas y lo agreste del terreno dificultan el proceso creativo. Aun así, Marlen encuentra en esa dureza una fuente de aprendizaje, esto con la resistencia no solo de las plantas, sino también de quienes habitan y crean desde estos espacios.
“Hay belleza en este lugar áspero. En sus espinas, en su silencio. Creo que es importante escuchar al desierto, aprender de él, entender sus tiempos.”

Su mensaje es el de reconectar con la memoria de los pueblos, abrir espacios para el arte ecológico y cultivar desde la infancia el amor por el entorno. Para ella, el arte puede sembrar esa chispa de sensibilidad que lleve a cuidar el territorio de forma más consciente.

“Me gusta pensar que la naturaleza está viva, que tiene memoria. Y si nosotros aprendemos a verla así, como nuestros ancestros lo hacían, entonces también podemos empezar a sanar nuestra forma de habitar este mundo.”
Sonora: el arte que invita a cuestionar y reconectar con el territorio
Lejos de plantearse como soluciones o respuestas definitivas, los distintos discursos de estos creativos funcionan como puntos de partida. Invitan a detenerse, a hacer preguntas y a reconsiderar la manera en que nos relacionamos con los lugares que habitamos. Desde distintas disciplinas, los y las artistas coinciden en algo: la importancia de volver a mirar lo que muchas veces se pasa por alto.

En un contexto donde la emergencia ambiental ya no es una posibilidad futura, sino una realidad presente, el arte es una forma de acompañar, reflexionar y, sobre todo, imaginar otros caminos. Caminos que no niegan la complejidad del momento, pero que apuestan por el vínculo, la memoria y la posibilidad de habitar el territorio de manera más consciente.




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