El manejo del dinero suele ser una práctica aprendida por experiencia propia y no desde la educación formal.Aunque el interés por entender mejor cómo tomar decisiones financieras existe, el aprendizaje cotidiano sobre el dinero, incluido el ahorro, ocurre muchas veces sin acompañamiento.
Por NORO
Para el grueso de la población, administrar el dinero es una necesidad que se debe resolver a como dé lugar, especialmente en contextos donde los ingresos son limitados o inestables. Normalmente se piensa en cómo guardar, usar o priorizar el dinero cuando sobra algo al final del mes, cuando aparece un gasto inesperado o cuando no hay otra opción más que recurrir al efectivo “por si acaso”. En ese proceso, la experiencia sustituye a la educación formal.
La Encuesta Nacional de Inclusión Financiera (ENIF) realizada en 2024, muestra que el 71.5% de la población adulta ha recibido algún tipo de educación financiera, pero casi siempre fuera de espacios institucionales.

Según la ENIF, la familia es el principal espacio donde se aprende a relacionarse con el dinero, donde se observa por primera vez cómo se administra, cuándo se puede gastar y cuándo no, cómo se enfrentan los imprevistos, o qué pasaba cuando no alcanzaba.
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Ese aprendizaje no siempre es igual para todos debido a la pluralidad económica en los hogares. Depende de las decisiones de quienes administran el dinero y de las experiencias acumuladas frente a la escasez o la estabilidad.
Así, las prácticas financieras, como el ahorro, el gasto o el uso de productos financieros, se construyen más por imitación y experiencia que por aprendizaje formal, marcando desde temprano la forma en que cada persona se relaciona con el dinero.
Queremos aprender a administrar mejor, pero no pedimos ayuda
Aunque el aprendizaje sea informal, el interés por mejorar la situación económica está presente en gran parte de la población. La Encuesta Nacional sobre Salud Financiera (Ensafi) evidencia que el 66.8% de la población considera que le sería útil recibir educación financiera, especialmente para tomar mejores decisiones relacionadas con su dinero. El problema no es la falta de intención, sino la ausencia de rutas claras para aprender.

La relación entre ahorrar y el banco también es limitada, y muchos prefieren hacer movimientos de dinero fuera de ellos, ya que el 58.5% de la población está en la categoría de poco bancarizada, es decir, que solo cuenta con uno o dos productos bancarios, como una tarjeta de nómina o ahorro, generalmente usadas para recibir ingresos o guardar dinero a corto plazo.
En México, el aprendizaje financiero y de la toma de decisiones económicas suele darse desde la experiencia cotidiana y no desde la educación formal, una lectura señalada por Bankaool y que coincide con lo que muestran encuestas como la ENIF.
Ahorrar fuera del sistema formal
Una gran parte del ahorro en México se realiza de manera informal: guardando dinero en casa, participando en tandas o apoyándose en redes familiares. Estas prácticas forman parte de estrategias cotidianas para manejar el dinero, y responden a la necesidad de tener control inmediato del efectivo y a la desconfianza hacia instituciones formales.

“Yo casi siempre ahorraba en tandas con mis vecinas o guardando dinero en un escondite en la casa. El problema era que nunca sabía exactamente cuánto tenía. A veces pensaba que había ahorrado cierta cantidad y cuando iba a buscarlo era menos, o no lo tenía disponible porque todavía no me tocaba la tanda”, relata Guadalupe Moreno, de 42 años.
La razón principal para ahorrar es enfrentar emergencias o imprevistos, seguida de gastos básicos como comida, servicios o salud. En ese sentido, el ahorro forma parte de una lógica de supervivencia y estabilidad, más que de la idea de generar riqueza futura, especialmente cuando el acceso inmediato al dinero es clave.
Decisiones aprendidas sobre el dinero
Aunque no exista una educación financiera estructurada, muchas personas desarrollan criterios propios para manejar su dinero, ahorrar y usar productos financieros.
Una parte importante de quienes contratan créditos o seguros revisa varias características antes de hacerlo, como tasas de interés o comisiones, lo que muestra un aprendizaje financiero progresivo construido desde la experiencia.

“Empecé a ahorrar después de una emergencia médica. No estaba preparado y tuve que resolverlo sobre la marcha. Ahí entendí que no solo se trata de guardar dinero, sino de contar con algo que te respalde cuando pasa algo así”, contó Iván Ramírez, de 38 años.
Este tipo de experiencias son comunes y confirman que muchas decisiones financieras se aprenden más por consecuencia que por instrucción.
Ahorrar tiene un impacto en la salud mental
Aunque suena ideal, ahorrar no siempre es posible, y esa dificultad puede dejar huella más allá del bolsillo. Existen estudios y análisis internacionales, como el “Financial stress and depression in adults: A systematic review”, publicado por Plos One, que aborda el estrés financiero como una presión constante por no poder cubrir gastos, deudas o contingencias, se asocia con efectos negativos en la salud física y emocional.

La relación con el dinero, incluido el ahorro o la falta de él, no es solo un asunto de números. Tiene un impacto directo en el bienestar físico y emocional, y ayuda a explicar por qué hablar de dinero sigue siendo incómodo para muchas personas.
El aprendizaje financiero desde la experiencia cotidiana también se refleja en distintos contenidos del blog de Bankaool, donde se exploran las formas en que las personas toman decisiones sobre su dinero.
Fuentes: Ensafi, ENIF




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