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El gringo que cayó del cielo

Esta es la historia de cuando a Huásabas, Sonora, cayó del cielo un gringo piloto de la Fuerza Aérea estadounidense

Don Luis Noriega, a sus 85 años de edad, recuerda con lucidez el acto heroico que su padre protagonizó en una noche por demás inusual en Huásabas, Sonora, a 248 kilómetros al sur de Estados Unidos. “El gringo tiró el avión sobre los cerros después de dar vueltas para no caer en ninguno de los pueblos. Ahí cayó frente a la mesa”, recordó el señor, apuntando hacia el lugar del histórico accidente de avión que sufrió un capitán de la Fuerza Aérea estadounidense el 4 de agosto de 1959 en esta tierra.

Se trata de uno de los hechos menos documentados en la historia de los habitantes del pueblo, que comparte la sierra y el Río Bavispe con Granados. Es un incidente que apenas se recuerda de manera oral a la fecha por algunas personas y en un par de libros editados por familias locales.

Así fue cuando cayó el gringo del cielo

Era una noche de verano con la típica lluvia que el monzón de América del Norte provoca en ese mes. Luis tenía 21 años, su padre del mismo nombre trabajaba como vaquero en la comunidad de Buenavista, tras una etapa como bracero en los campos de California. Buenavista es una pequeña villa con iglesia, predios para la ganadería y una zona campestre a la orilla del río, ubicada en la frontera entre ambos pueblos, a 7.4 kilómetros de la cabecera municipal de Huásabas.

hombre de tercera edad con camisa a cuadros y sombrero relata historia de cuando un piloto estadounidense cayó en Huásabas
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“Nomás oímos como tronó el cielo, pensamos que era por la lluvia… En esos días llueve mucho. Mi papá salió de la cocina, me acuerdo, me habló para que saliera y justo arriba de nosotros vimos la luz del avión”, dijo el anciano con calma tras regar las plantas de su casa.

Robert Nashold, capitán de la Fuerza Aérea de EE. UU., era el piloto entrenador a bordo de la aeronave T-33, un icónico bombardero subsónico del fabricante Lockheed que fue usado en tareas de combate en Corea en la década de 1950 por parte del Departamento de Defensa Norteamericano, así como en labores de entrenamiento de nuevos pilotos en la era de la Guerra Fría. Nashold, de 35 años al momento del accidente, se perdió tras una falla que el radar sufrió probablemente provocada por el monzón después de despegar en una base militar de Enid, Oklahoma. Tras recargar combustible y en lugar de seguir su curso original, primero hacia una pista militar en Phoenix, Arizona, y después hasta Los Ángeles, California, ingresó al espacio aéreo mexicano por el noreste de Sonora.

La odisea

El experimentado piloto había partido esa mañana de la Base Aérea Langley, ubicada en Hampton, Virginia, a una distancia de 3.208 kilómetros del lugar del accidente. A la confusión que sufrió Nashold se sumó el hecho de que se estaba quedando sin combustible, lo que lo llevó a tomar una decisión que le permitiera salir con vida sin provocar daño colateral, después de haber visto pequeñas luces en un par de poblaciones que él pensó eran villas indígenas en el sur de Arizona, según lo relató a la prensa al día siguiente tras ser rescatado.

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El periodista Francisco Trujillo de Granados, quien reside en Texas, EEUU, ofrece un relato sobre este hecho en su blog: “Nashold, quien comenzó a volar a los 19 años durante la Segunda Guerra Mundial, tenía una amplia experiencia como piloto y fungía como instructor de vuelo para los nuevos cadetes de la Fuerza Aérea. Sin embargo, nunca antes había sufrido un accidente y mucho menos había saltado en paracaídas, por lo que describió la experiencia como una “aterradora sacudida” a los reporteros del periódico The Arizona Daily Star, que presentó el incidente en la portada de la edición del 6 de agosto de ese año.

La noticia causó revuelo en la prensa de Arizona debido a la fuerte tradición militar de ese estado en esa época y por tener en la Base Aérea Williams la principal instalación para entrenar pilotos en Estados Unidos, según información de la USAF. Nashold había informado por radio sobre la falla en el radar y la brújula, pero no recibió respuesta. Después se supo que fue escuchado por el personal de la Base Aérea del Fuerte Huachuca y en Columbus, Nuevo México.

“Pensé que estaba sobre Arizona y que me dirigía hacia la Base Aérea Williams”, declaró al diario The Arizona Daily Star la tarde del 5 de agosto de 1959. “Me empecé a preocupar de verdad cuando el combustible se redujo a 100 galones y no sabía dónde estaba. Después disminuyó a 10 galones y vi esas montañas”, comentó Nashold a otro reportero del diario Tucson Daily Citizen. “Estaba muy oscuro, pero vi dos juegos de luces debajo. Pasé sobre ellas una vez y comencé a regresar cuando escuché un ruido carraspeado y supe entonces que el combustible se había agotado”, agregó.

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Según su relato, Nashold volaba a unos 8.000 pies de altura cuando se deshizo del toldo del avión y saltó desde una altura de unos 5.000 pies. Es posible estimar que el punto de impacto fue alrededor de los 4.500 pies en el cerro que está al lado de Buenavista, según una serie de recreaciones del accidente realizadas con el videojuego Microsoft Flight Simulator 2020.

“Nunca voy a olvidar ese descenso. Primero me dio una sacudida aterradora cuando el asiento me levantó y me sacó del avión. Luego, súbitamente, estaba perdido como un ganso”, comentó a Tucson Daily Citizen. No tuvo otra opción más que estrellar el avión y saltar en paracaídas hacia el territorio desconocido, bajo la ligera lluvia que acompañaba la oscuridad de la noche.

Arriba del mezquite

Don Luis relató que después del accidente, su papá vio al gringo haciendo señales de luz con su encendedor y el paracaídas enredado en sus brazos tras bajar de un árbol. “Mi papá se defendía con el inglés porque fue bracero, pero no crea, oiga, que lo hablaba bien, nomás así un poquito. Lo primero que el gringo le preguntó fue si había animales de uña aquí, a lo que mi papá le dijo que no se preocupara o algo así”, recordó el anciano elocuente.

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Nashold contó a los periodistas que lo entrevistaron en Estados Unidos tras el accidente que cayó en las ramas de un mezquite. “No dejes que nunca nadie te diga que no se recibe una fuerte sacudida cuando saltas de un avión en un asiento. Hice los procedimientos correctos, tal como dice el libro. Pero el libro olvida advertirte sobre la sacudida. Caí de cabeza por varios segundos y entonces miré la tela blanca, flotando. El descenso fue realmente silencioso”, relató Nashold al Arizona Daily Star.

A pesar de la experiencia de vuelo que tenía Nashold, con 3.200 horas, no había vivido algo así, y menos en otro país, según su relato para la prensa. “Me sentía un poco tenso después del salto. Pero fuera de eso, estaba bien. Ni siquiera me raspe un tobillo”, relató en ese momento, desesperado por hablar vía telefónica con su familia.

El gringo declaró que algunos habitantes de los pueblos mexicanos debieron haber visto la caída de su avión, porque estuvieron ahí para rescatarlo poco después del descenso en paracaídas. “Ahí estaba parado en medio del desierto y ellos hablaban y hablaban entre ellos como por una hora, antes de que me dirigieran la palabra. Me pusieron sobre un burro y cruzamos un río y llegamos a sus casas. El señor Ramón Ignacio Fimbres fue un caballero, me alimentaron realmente bien”.

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“Los mexicanos regresaron a la montaña y trajeron mi ropa. El avión no se quemó”, recalcó Nashold al Arizona Daily Star, en lo que se convirtió en un cable noticioso repetido por varios diarios en Estados Unidos y también en México, como el caso de El Imparcial y El Regional, así como el Siglo de Durango, pero hasta los días 6 y 7 de agosto de 1959.

El avión T-33, apodado ‘The Shooting Star’, se estrelló alrededor de la mitad del cerro que está al lado de la famosa Pirinola, sobre el costado izquierdo del arroyo El Chotaki. Una fotografía tomada por el soldado Harry Mellon, desde un helicóptero de la Fuerza Aérea de EEUU al día siguiente, comprueba el punto de impacto a unos 500 metros al oeste de La Pirinola.

Nashold descendió a unos cinco kilómetros del sitio donde se estrelló el avión, cerca del pueblo de Huásabas, frente a Buenavista, donde fue asistido primero por el señor Luis Noriega padre y después por sus amigos vaqueros del pueblo de Huásabas. “También vinieron vatos de Granados, pero de entre la gente de Huásabas había alguien que hablaba inglés y les ganaron el tirón, por eso el gringo se fue para allá y no para acá”, dijo Luis Noriega hijo apuntando con la mano y sujetando su sombrero.

Esa persona que hablaba inglés era Jesús Venancio Urquijo Leyva (Santos), originario de Huásabas, que fungió como traductor gracias a que hablaba inglés. Él lo aprendió fluidamente en su niñez y adolescencia en los Estados Unidos, donde prestó su servicio militar como soldado del ejército durante una campaña en los años 1943 y 1944, en la Segunda Guerra Mundial. Después de su servicio militar, regresó a México.

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“Mi papá es del pueblo, pero de niño emigró a Douglas, Arizona. Como sabía inglés pronto se entendió con el piloto Robert Nashold y fue entonces cuando él supo que estaba a salvo y sería apoyado por las personas del pueblo, primero sacándolo de ahí y después llevándolo a una casa de la familia Fimbres”, dijo el maestro José Pedro Elías Urquijo Durazo, hijo de Santos, durante una entrevista en su casa ubicada al norte de Hermosillo.

Agregó que su padre, antes de comentarlo con Nashold, y junto con las personas que lo rescataron, acudió al domicilio del señor Ángel Ríos Márquez, ya que era la única persona que contaba con un antiguo teléfono de disco para hacer la llamada a Moctezuma, ubicado a 47 kilómetros al suroeste de Huásabas, al día siguiente del accidente.

La intención era notificar a las autoridades mexicanas, así como al Consulado de Estados Unidos en Hermosillo y dar aviso de lo acontecido para que a su vez hicieran el enlace con la Fuerza Aérea Norteamericana y rescataran al capitán Nashold.

Se sabe que soldados mexicanos apoyaron resguardando el área donde ocurrió el accidente del avión y que el policía judicial Cipriano Figueroa, con sede en Agua Prieta, Sonora, viajó desde esa frontera para dar fe del incidente y levantar un parte de hechos. En su declaración, Nashold se cercioró de “que no había poblados cercanos” antes de saltar.

En Huásabas, el agente entrevistó a Nashold, quien declaró no haber sufrido lesión alguna y solo quería regresar a su país, según una nota publicada en El Regional el 6 de agosto. “El alcalde mandó guardias dos días para cuidar el cerro, pero luego la gente empezó a traer las partes. Había mucho fierro, motores y aluminio bien chingón”, recordó don Luis Noriega.

Tras el esfuerzo del señor Santos, con el apoyo de la familia Fimbres, para el día 5 de agosto por la tarde, dos helicópteros de la Fuerza Aérea de Estados Unidos provenientes del Fuerte Huachuca en Sierra Vista, Arizona, aterrizaron detrás del actual cementerio para llevarse a Nashold, ante el asombro de los habitantes de Huásabas.

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El hecho también quedó capturado en la portada del Daily Star del 6 de agosto, donde se ve en blanco y negro a personas adultas y niños en una imagen granulada y algo difuminada con la panorámica del cerro de Huásabas al fondo. La aeronave aterrizó en lo que ahora es la entrada al hipódromo de carreras de caballos.

Tras un par de visitas a la zona del impacto, fue posible constatar que hasta la fecha no se han encontrado rastros del avión en el cerro frente al cual Don Luis Noriega sigue viviendo todos los días.

El casco del avión cayó en lo que la gente de Granados llama La Milpa Grande, que era propiedad del señor Cipriano Durazo, según su nieta Lulu Arvizu, a aproximadamente un kilómetro al sureste de Buenavista.

La aeronave T-33, conocida también como ‘The Bird’, fue una maravilla de la ingeniería en su tiempo y una de las más famosas en la historia de la aviación militar posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su fabricante, Lockheed, ensambló y comercializó alrededor de 6,500 unidades, las cuales fueron utilizadas por 22 ejércitos de distintos países, incluyendo el de México.

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Gregory “Wired” Coyler pilots his Lockheed T-33 aircraft during the Arctic Thunder Special Needs and Family Day at Joint Base Elmendorf-Richardson, Alaska on July 29, 2016. The biennial event is historically the largest multi-day event in the state and one of the premier aerial demonstrations in the world. Arctic Thunder will open its doors to the public, featuring more than 40 key performers and ground acts, July 30 and 31. (U.S. Air Force photo/Alejandro Pena)

Durante 46 años, alrededor de 50 aviones Lockheed T-33 sirvieron en las filas de la Fuerza Aérea Mexicana como el único avión entrenador jet bélico, hasta que fue desactivado el 13 de julio de 2007 en una ceremonia con la que se despidió del servicio activo, tras haber sido adquiridos del gobierno de EEUU en 1960.

Sano y salvo

Según los reportes del Arizona Daily Star y el Tucson Daily Citizen, personal de la Base Aérea Williams en Phoenix reportó casi de inmediato un incidente con el avión de Nashold. En la mañana del miércoles 5 de agosto se organizó un equipo de búsqueda por el sur de Arizona y Nuevo México, con la participación de 20 aviones. Los diarios estadounidenses señalan que también se alertó a las autoridades mexicanas para que buscaran en el norte de Sonora.

Para el medio día del miércoles, se recibió un reporte proveniente de Douglas, Arizona, de que Nashold fue encontrado vivo en un pueblo de Sonora.

En total, Nashold pasó aproximadamente 18 horas en México, tras accidentarse alrededor de las 20:00 horas del 4 de agosto.

Al día siguiente, un helicóptero Piasecki H-21, pilotado por Clifford T. Bradley, un piloto especializado en rescates que más tarde fue condecorado por el presidente estadounidense John F. Kennedy en 1962 con la Cruz de Vuelo Distinguido por sus acciones en la Guerra de Vietnam, lo trasladó a la Base Aérea Davis-Monthan en Tucson. Allí, Nashold fue sometido a una revisión médica, entrevistado por la prensa y fotografiado mientras hablaba por teléfono con su esposa. Este rescate fue recordado por el señor Ezequiel Valdez Durán, quien compartió que “era un día de fiesta en el pueblo. Vinieron por él en un helicóptero y todos conocimos el helicóptero por dentro. El paracaídas lo regaló al Ayuntamiento de Huásabas”.

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Clifford T. Bradley trasladó a Nashold a Estados Unidos. Fotografía proporcionada por Jesús Ibarra.

Una búsqueda de Nashold en Ancestry.com permitió comprobar que nació en Dakota del Norte, pero con un error en su fecha de nacimiento, ya que el acta original, de la cual tiene una copia José Pedro Elías, permite comprobar que nació el 27 de octubre de 1923, y no en 1924. Nashold acumuló experiencia como piloto en la Guerra de Corea y se dedicó a entrenar a los cadetes de la Fuerza Aérea en diferentes bases alrededor del país, incluyendo una estancia en Laredo, Texas. Solicitó su retiro en 1963 y a partir del 1 de enero de 1964 se retiró con el grado de mayor, según la revista US Army Aviation Digest.

Cinco litros de bacanora

Don Ramón Noriega Arvizu habla de manera espontánea y con un marcado acento vaquero que solo es posible escuchar en algunos pueblos de la sierra alta de Sonora. Según él, fue el vaquero que transportó a caballo al capitán Nashold desde Buenavista hasta el centro de Huásabas, aclarando la versión del gringo difundida por la prensa de que cruzó el río arriba de un burro. Como dijo el señor Noriega:

“Para empezar yo y Juan Dávila llegamos primero porque íbamos a caballo, cuando llegamos y vimos lumbre pensé ‘hay jodido como hay muertos ahí creímos que era sangre’ y el gabacho nos hablaba, pero qué le íbamos a contestar, pues ni una palabra. Aquí es cuando me despachan por Santos Urquijo, él fue soldado en Estados Unidos y hablaba bien inglés. Entonces, yo me lo traje al gringo en caballo hasta la casa de Ramón Fimbres, ahí seguía hablando con Santos y nomás mirábamos porque nosotros ni una palabra, ahí le trajimos una botella de cinco litros (de bacanora), y él se tomó dos vasos así de este tamaño, se puso pedo, nosotros nos quedamos pero nada más nos tomamos unos vasos chiquitos, ahí nos amanecimos.”

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Noriega Arvizu describió a Nashold como una persona alta y muy fuerte vistiendo un uniforme color verde militar, que probablemente todavía subió borracho al helicóptero que lo llevó de vuelta a Estados Unidos. Además, añadió:

“A los días siguientes fuimos hasta allá arriba donde cayó el gringo para ver si había cosas del avión, nomás quedaba aluminio, unos cristales, la silla, y las llantitas, esas me las traje para hacer teguas y creo que mi papá se quedó con el asiento.”

El señor, que batalla para escuchar bien, dijo que al lugar también llegaron los muchachos Nacho Fimbres y Luis Durazo, así como gente de Granados para auxiliar al capitán.

Triste muerte

El “gringo que cayó del cielo”, como lo llaman algunos habitantes de Huásabas, falleció trágicamente a los 79 años en octubre de 2003 en Bozeman, Montana, un pueblo del norte de Estados Unidos con una fuerte tradición vaquera. Según un cable noticioso del diario Helena Independent Record, titulado “Víctima de incendio era ex piloto de la Fuerza Aérea”, las autoridades identificaron al hombre fallecido por inhalación de humo en un incendio en un apartamento como Robert Nashold.

El ex capitán murió asfixiado el jueves 2 de octubre de 2003, aparentemente por el humo de un cigarrillo, a solo tres semanas de cumplir 80 años. Según AP News, Nashold, un veterano de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, estaba retirado y pasaba su tiempo resolviendo crucigramas y viviendo solo en su pequeño apartamento en el sótano.

El gerente Tom Jones dijo que Nashold pasó tiempo en la Legión Americana en Bozeman y hablaba sobre su participación en tres guerras. “La historia del piloto y lo que la gente del pueblo hizo por él debe ser preservado, es algo que nos hace muy orgullosos, no solo porque mi padre lo rescató junto con otros hombres, sino porque habla de la nobleza de la gente en la sierra de Sonora”, dijo el maestro Urquijo Durazo.

A la fecha, José Pedro guarda desde hace once años con celo la pequeña bitácora de vuelo color verde con las siglas U.S. AIR FORCE que Nashold le entregó a su papá en 1959 en gratitud por el gesto de humanidad que tuvo durante una experiencia traumática e incierta.

Don Santos falleció en octubre de 2014 a los 99 años de edad, dejando como legado el testimonio oral a sus hijos e hijas, así como recuerdos que Nashold le envió posteriormente a través del Servicio Exterior de EEUU con una carta dedicada y un viejo encendedor de la Fuerza Aérea, que terminó irónicamente extraviado, como el piloto.

“Nuestra familia de alguna manera pudo rastrear datos de Nashold en Estados Unidos, sabemos que murió solo y apartado de su familia, creo que tuvo una hija, es una historia triste que de alguna manera nos tocó y que mi papá nos platicó mucho”, comentó el docente del Colegio de Bachilleres.

La memoria histórica

Para la doctora Amparo Angélica Reyes Gutiérrez el tema de la memoria histórica permite que la identidad de un pueblo y su sentido de pertinencia sean resilientes ante el paso del tiempo, pero también explica una compleja serie de relaciones culturales que dependen de una época entre países.
“Es importante porque es lo que da identidad a una comunidad, pero la memoria también es selectiva. Quienes hacen historia oral saben que una cosa es el hecho y otra muy distinta es cómo se recuerda el hecho. Lo que pasó no es necesariamente en la misma forma en cómo se recuerda, aún si una comunidad preserva un hecho que ocurrió probablemente lo cuenten un poco distinto como pasó, tenga variantes, alguien presenció un detalle y lo incluye, otro lo cambia”.

“Sobre este asunto, del accidente de aviación en Huásabas y Granados donde se percibe un riesgo de perder la memoria histórica porque podrían morir los últimos testigos, tal vez no necesariamente sea así, tal vez esa memoria pueda vivir en un nieto que escuchó al abuelo y no necesariamente la va contar igual pero digamos que la memoria de ese hecho no va tender a perderse”, consideró la historiadora.

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Reyes Gutiérrez señaló que en función de la importancia que los habitantes de Huásabas le asignen a este acontecimiento de 1959 dependerá la pervivencia de la relevancia para la comunidad, donde sería lamentable ver patrones orientados hacia su olvido en detrimento de la memoria histórica que le acompaña al ‘avionazo’.

La también directora del Archivo General del Boletín Oficial y Archivo del Estado de Sonora consideró que la experiencia reciente le permite constatar que a pesar de alguna falta de orden metodológico los municipios sí suelen guardar con celo documentación o testimonios de hechos históricos que dejan una huella profunda entre sus habitantes.

Sonora en la Guerra Fría

La caída accidental del gringo en Huásabas está marcada por el complejo contexto de la Guerra Fría, y no sólo por la labor humanitaria de los vaqueros sonorenses.

La Guerra Fría fue una rivalidad abierta, pero restringida, que se desarrolló después de la Segunda Guerra Mundial entre los Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus respectivos aliados.

En general, estadounidenses y británicos temían la dominación soviética permanente de Europa del Este tras la rendición Nazi y la amenaza de que los partidos comunistas de influencia soviética llegaran al poder en las democracias de Europa occidental.

Los soviéticos, por otro lado, estaban decididos a mantener el control de Europa del Este para protegerse contra cualquier posible amenaza renovada de Alemania, y tenían la intención de extender el comunismo por todo el mundo por razones ideológicas.

La Guerra Fría se intensificó a partir de 1947, no sólo con tácticas de propaganda o bélicas, sino también científicas.

La doctora Amparo Angélica Reyes Gutiérrez recalcó que el papel de Sonora durante el inicio de esta era es importante para ‘amarrar’ los mecanismos que terminan de explicar los eventos de Huásabas.

“Es un contexto más amplio, cómo personas de esta pequeña comunidad tienen a un señor que fue militar en Estados Unidos, y de lo que nos habla es de las relaciones entre una sociedad fronteriza, pero también nos habla del contexto de la Guerra Fría en Sonora, ¿qué hacía un bombardero así en Sonora?”.

“Nos habla del contexto de la Guerra Fría y el programa Bracero que es otro elemento que viene ahí, los trabajadores se iban periódicamente y traían un background no nada más del idioma, traían patrones de consumo, ya les gustaba la comida, la Coca Cola, la ropa, y esto va explicando cómo estos canales culturales van llegando a estas pequeñas comunidades y se van integrando, la gente no está incomunicada la gente conoce cosas y se va agregando”.

“Sonora fue un escenario importante de la Guerra Fría por una razón, aquí se gestó y se desarrolló la Revolución Verde, que fue un programa de mejoramiento de semillas, sobre todo de trigo y arroz”, explicó la doctora Reyes Gutiérrez.

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Norman Borlaugh, quien creó la llamada Revolución Verde.

Los experimentos se hicieron en el Valle del Yaqui (1967-1978) liderados por el científico Norman Borlaugh, quien ganó prominencia a finales de la década de los 40’s, pero cofinanciados por el Gobierno de México y la Fundación Rockefeller, los resultados de este experimento fueron fundamentales para contener revoluciones comunistas en el Sur de Asia al final del siglo XX.

Después de la Revolución Comunista en China (1949), los políticos estadounidenses estaban preocupados de que los campesinos descontentos de todo el mundo pudieran mirar a la Unión Soviética en busca de estabilidad.

“De repente, el trabajo de Borlaug fue visto como una herramienta geopolítica: la Guerra Fría podría ganarse luchando contra el hambre, ya que nadie se convierte en comunista con la barriga llena”, afirma Raj Patel, académico y cineasta que aporta una voz crítica en la nueva película: El Hombre Que Intentó Alimentar al Mundo.

“Se pensaba que si la gente tenía suficientes alimentos no tendría motivos para organizarse y hacer una revolución, entonces se repartían estos alimentos, ayudas de maíz de trigo, de arroz, de maíz mejorado para contener revoluciones, este es el contexto de Sonora en la Guerra Fría y no es poca cosa”, concluyó la historiadora.

FOTOPERFIL

Jesús Ibarra nació en Hermosillo, Sonora en 1977 y cursó la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Sonora de 1996 a 2000. Posteriormente, obtuvo el grado de Maestro en Ciencias Sociales en El Colegio de Sonora de 2001 a 2003 y egresó del doctorado en Ciencias Sociales en la misma institución como candidato a Doctor de 2010 a 2014.

En el ámbito profesional, inició su trayectoria en 2003 en el periódico El Imparcial y desde entonces ha trabajado para varios diarios de circulación estatal, incluyendo Cambio Sonora en 2006 y Expreso en varias ocasiones desde 2009 hasta 2019. También ha colaborado en la cobertura de temas electorales, transparencia, seguridad y corrupción para varias estaciones de radio comerciales y ciudadanas, así como en medios de noticias en línea. Además, ha tenido participaciones especiales en TV Unison, TV Azteca Sonora y Televisa Deportes. En sus casi 20 años de carrera periodística, ha escrito, publicado, editado y traducido alrededor de 2,500 artículos periodísticos.

Desde 2007 se ha desempeñado como docente en la Universidad de Sonora y en la Universidad Kino en las licenciaturas en Ciencias de la Comunicación y Periodismo y Comunicación Social, respectivamente. Recientemente, se ha especializado en la enseñanza del Ciberperiodismo, el Periodismo de Datos, Visualización de Datos, Cibermetría, análisis algorítmico de redes Socio-Digitales Teoría de Redes, así como en modelos teóricos de Posverdad, Social Media y Democracia.

Ha colaborado en temas de investigación periodística con miembros de medios públicos y comerciales de Estados Unidos, Perú, Holanda y México. Actualmente, es un entusiasta del Open Data, el podcasting, la sabermetrics, los drones y la ciencia dulce. Desde 2019, es miembro del Border Hub/ICFJB y en 2020 obtuvo la beca Adelante de la International Women Media Foundation.

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