Entre el trigo, el garbanzo y la péchita, el norte de México conserva formas de tomar café que hablan de ingenio, memoria y comunidad. En Sonora, Alejandrina Guadalupe Hoyos rescata una tradición que mezcla aroma y herencia.

Daniela Valenzuela / NORO
En Sonora, Alejandrina Guadalupe Hoyos conserva la costumbre de preparar café de trigo y de garbanzo, una práctica nacida de la escasez que hoy representa un ritual de identidad y sabor para las familias.
En los pueblos serranos y desérticos, donde la tierra dicta lo que se bebe y lo que se guarda, las familias aprendieron a tostar lo que había: trigo, garbanzo o vainas de péchita, convirtiendo la escasez en ingenio y el aroma del tueste en memoria.
Hoy, mientras el café de especialidad gana terreno en las ciudades, mujeres como Alejandrina Guadalupe Hoyos, de Los Hoyos, Sonora, rescatan esas recetas que nacieron en los fogones familiares. En cada preparación, el sonido del grano tostándose revive la historia del ritual como acto de identidad y herencia.
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Trigo, garbanzo y péchita sustituyeron al café cuando escaseaba


En los pueblos serranos, el café se prepara de muchas maneras. Cuando el grano escaseaba o el dinero no alcanzaba, las familias tostaban lo que tenían a la mano: trigo, garbanzo o vainas de péchita. De esa costumbre nacieron bebidas que hoy se siguen recordando por su aroma y por lo que representan.
En Sonora, esa práctica pasó de generación en generación. En las casas de adobe, el sonido del sartén marcaba el inicio del día.
“Desde muy chica lo miré con mi abuela porque con ella me crié”, cuenta Alejandrina Guadalupe Hoyos, originaria de Los Hoyos, Cumpas, quien todavía prepara café de trigo y garbanzo en su casa en Hermosillo.
“Había veces que querían otro sabor o se escaseaba, ya fuera el café o el dinero”, recuerda. En esos momentos, la costumbre de compartir una taza no desaparecía; solo cambiaba el grano.
Algunas familias mezclaban azúcar, otras combinaban lo poco que tenían de café verde con garbanzo o trigo. Lo importante era mantener la costumbre de reunirse con algo caliente entre las manos.


En los valles, el trigo tostado daba un sabor a cereal y color dorado. En las zonas más áridas, el garbanzo aportaba un tono oscuro y un gusto más suave. Y en el desierto, la péchita del mezquite ofrecía un toque dulce y ahumado. Eran variaciones sencillas, hechas con lo que el paisaje ofrecía.
Un estudio de la Universidad de Sonora documenta que el trigo tostado fue un sustituto común en Hermosillo durante gran parte del siglo pasado, usado por su aroma y su parecido en color. Esa costumbre doméstica, nacida de la necesidad, también fortaleció la relación de las familias con lo que sembraban.
Hoy, mientras las cafeterías de especialidad hablan de origen y trazabilidad, estas versiones recuerdan que la conexión con la tierra ya existía.
Los beneficios del café sin cafeína

El café de trigo, también conocido como de cebada, se obtiene al tostar los granos hasta que adquieren un tono oscuro y aroma a cereal.
Diversos estudios señalan que es una bebida libre de cafeína, contiene magnesio, hierro y cobre, que ayuda a la digestión y aporta energía sin causar insomnio.
El de garbanzo, por su parte, se prepara tostando la legumbre hasta que toma un color dorado. Su sabor es suave, ligeramente dulce, y su aroma recuerda al tradicional. Además de no contener cafeína, el garbanzo tostado contiene antioxidantes y minerales.

En los últimos años, su consumo ha resurgido en redes sociales como alternativa natural y vegana para quienes buscan reducir la cafeína sin renunciar al ritual de la taza.
En el desierto, la péchita, la vaina del mezquite (Prosopis spp.), ofrece una tercera opción. Al secarse, su pulpa se vuelve dulce y harinosa, con un alto contenido de calcio, potasio y fibra. Tostada y molida, produce una infusión oscura, con sabor tostado y notas a madera y tierra húmeda.
El mezquite es parte esencial de la flora del desierto sonorense y ha sido aprovechado durante siglos por comunidades rurales como fuente de alimento, sombra y leña.
Proyectos como Huupa Coffee, en Hermosillo, han incorporado leña de mezquite en el tostado de sus granos, reafirmando el lazo entre café y paisaje.
Las recetas que mantienen viva la costumbre del café

En el norte, estas bebidas forman parte de una costumbre que surgió de lo que había en casa y se quedó por gusto. Con pocos ingredientes y mucha paciencia, las familias tostaban trigo, garbanzo o péchita para mantener el hábito de la taza compartida.
En la cocina de Alejandrina, en Hermosillo, el sonido del grano dorándose y el olor del azúcar quemándose siguen marcando algunos días.
El principio es sencillo: tostar, moler, infusionar y servir. Lo esencial está en el ingrediente, así como también en la rutina que lo rodea: levantarse temprano, encender el comal, servir una taza y conversar.

Hoy, mientras las cafeterías del noro experimentan con métodos y orígenes, en muchos hogares aún se conserva la costumbre de preparar estas versiones caseras. Son bebidas que permanecen porque siguen cumpliendo la función de reunir a la gente, calentar las manos y recordar el sabor de lo que se hacía en casa.
En el noro, el café puede venir del trigo, del garbanzo o del mezquite, pero siempre nace del mismo lugar: del fuego y de la costumbre de compartir.
Con información de Universidad de Sonora,










