Nacido del cruce entre la cocina estadounidense y la creatividad del norte, el hot dog sonorense pasó de las gradas del béisbol a convertirse en un ícono de la comida callejera en el estado.

Daniela Valenzuela / NORO
El hot dog llegó a Hermosillo en 1947 con Cipriano “Nito” Lucero, un cocinero sonorense que trajo el clásico americano y lo adaptó al gusto local. Décadas después, el dogo se convirtió en un emblema gastronómico.
En el estado sonorense, basta con seguir el aroma del tocino y la cebolla caramelizada para encontrar una historia que huele a béisbol y a fusión de fronteras. Lo que empezó como una curiosidad importada terminó por conquistar esquinas con carretas.
Del carrito americano al Café Kiki: el origen del hot dog sonorense


La historia del hot dog sonorense, también conocido popularmente en el estado como dogo, comienza lejos del desierto. A mediados del siglo XIX, migrantes alemanes llevaron a Estados Unidos las salchichas tipo Frankfurt, que con el tiempo se transformaron en los populares hot dogs, vendidos en carritos frente a los estadios de béisbol.
“En aquella época, el béisbol era una de las pasiones compartidas entre Sonora y Arizona, y fue en los estadios donde el hot dog comenzó su nueva historia”, explicó la antropóloga Maribel Álvarez, de la Universidad de Arizona, en entrevista con AZ Central.
Ese vínculo con el béisbol no tardó en cruzar la frontera. Según el historiador Ignacio Lagarda, los hot dogs llegaron a Hermosillo en 1947, cuando el guaymense Cipriano P. “Nito” Lucero, ex sargento de cocina durante la Segunda Guerra Mundial, abrió junto a su esposa Luz Celia Ajá el Café Kiki, frente al Jardín Juárez.
Un negocio inspirado por la cocina estadounidense que conoció durante su servicio militar, Lucero decidió llevar a Sonora aquellos sabores que marcarían el inicio de una nueva tradición.

En su menú incluyó algunos antojitos al estilo estadounidense, como chili beans, un guiso de frijoles con carne y especias muy popular en aquella época, sándwiches de jamón con queso amarillo, malteadas y, por supuesto, los primeros hot dogs que probaría la capital sonorense.
El pan fue el primer desafío. Lucero pidió al dueño de la panadería La Convencedora que elaborara un pan alargado, firme y ligeramente dulce. Sin saberlo, estaba sentando las bases del pan doguero que distinguiría al hot dog sonorense.
Con el paso del tiempo, los hot dogs comenzaron a llegar a las calles de Hermosillo. En los años setenta, los carritos dogueros frente a la Universidad de Sonora en la Plaza Emiliana de Zubeldia, se convirtieron en el punto de reunión nocturno para estudiantes y aficionados al béisbol en temporada.

Fue ahí donde el dogo sonorense se reinventó. A la salchicha y el pan se sumaron ingredientes como frijoles, tocino, tomate, cebolla y aguacate, creando una versión más abundante y casera.
El dogo sonorense se convirtió en una cena completa en pan, un reflejo de la generosidad y el ingenio del norte. Con el tiempo, cada ciudad fue desarrollando su propio estilo: Hermosillo con su toque de frijoles y salsas caseras; Ciudad Obregón con más verdura y picante.
El dogo sonorense, un sabor que cruzó fronteras


A finales de los ochenta, el dogo sonorense ya era un emblema sonorense. Los migrantes que se establecieron en Arizona lo llevaron consigo, y hoy el Sonoran hot dog es parte del paisaje gastronómico de ciudades como Tucson y Phoenix.
Daniel Contreras, fundador de El Güero Canelo, lo convirtió en un fenómeno cultural en Estados Unidos. “El hot dog sonorense es muy sencillo, es una receta de pueblo. Para mí significa una cena completa en pan”, contó en entrevista con AZ Central.
La popularidad del dogo sonorense no solo se debe a su sabor, sino a su historia. Representa el intercambio entre dos culturas que comparten frontera, pasión por el béisbol y una misma mesa.

En palabras de la antropóloga Maribel Álvarez, “el dogo sonorense muestra el poder de la comida para cerrar brechas culturales y crear algo delicioso y propio”.
Hoy, los dogos sonorenses forman parte del paisaje nocturno de Hermosillo. Las parrillas encendidas, el olor del tocino y las filas de familias esperando su orden son parte de la escena cotidiana. Entre los más recordados están los carritos del centro y los puestos frente a la Universidad de Sonora.




Cada doguero defiende su estilo y su receta. Algunos agregan champiñones o papas; otros apuestan por creaciones excéntricas como el Dogo Dubái, con láminas de oro de 24 quilates, o el dogo de color, con panes teñidos de azul, rojo o amarillo. Pero más allá de las versiones, todos comparten la misma esencia: un platillo que nació del béisbol, cruzó fronteras y terminó adueñándose de las calles.
El dogo sonorense es una historia que combina herencia, ingenio y sabor en cada mordida. Setenta años después de su llegada, sigue siendo un símbolo de identidad colectiva y una prueba de que, en Sonora, el sabor también se juega en equipo.
Con información de Tinta Libre y AZ Central.




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