La Gira de Documentales Ambulante trajo a Tijuana a Juan Carlos Rulfo y Binnizá, los seres de las nubes. Este retrato colectivo de la comunidad zapoteca de Juchitán, es posible ver cómo la creatividad es un escudo frente al despojo.
Rulfo presentó la película el 19 de mayo en la Cineteca Tijuana y el día 20 de mayo en El Colegio de la Frontera Norte (El Colef). Dentro de esta gira, el cineasta conversó con NORO sobre el documental mismo que tardó casi diez años en construirse.
Cuando el terremoto de septiembre de 2017 sacudió Juchitán, en el estado de Oaxaca, no solo cayeron las paredes. Se abrió una grieta que dejó ver lo que ya estaba roto: campos contaminados, tierras intervenidas por parques eólicos, comunidades que el Estado había abandonado mucho antes del sismo.
Frente a ese panorama, Rulfo llegó con la intención de filmar un homenaje al pintor Francisco Toledo y encontró algo distinto: el arte comunitario como la única arquitectura que resistía en pie. No en los museos: está en la pintura, en el rap en zapoteco, en la danza sobre el lodo y en la poesía. La creatividad es la forma que tiene la comunidad binnizá o zapoteca de seguir existiendo.
Eso es lo que Juan Carlos Rulfo, cineasta mexicano, llevó a la Gira Ambulante: una película que no explica esa fuerza desde afuera, sino que la deja hablar con sus propias herramientas.

Un retrato documental que la realidad desarmó
El proyecto tenía forma de homenaje. Eduardo Díaz, productor joven y entusiasta, le propuso a Rulfo hacer una película sobre Francisco Toledo. El plan era claro: rastrear la trayectoria del pintor, ir a París si era necesario, y reconstruir su mundo visual.
Pero, al llegar a Juchitán en 2018, el equipo encontró un territorio en caos. El entorno físico estaba destrozado, los parques eólicos avanzaban sobre las tierras agrícolas y la contaminación era visible en cada rincón.
Rulfo lo describe con precisión: dedicarse a hablar de un artista consagrado “sin tomar en cuenta lo que estaba pasando enfrente”, menciona el cineasta. Le parecía una falta de respeto al lugar así que abandonó la estructura del retrato individual.
Lo que empezó como el documental de un hombre, se convirtió en el registro de una comunidad que usa la creatividad para no desaparecer. Toledo dejó de ser el sujeto y pasó a ser el paisaje: su mirada sobre los colores, las texturas y los mitos del istmo se convirtió en el lente desde el cual observar a quienes siguen habitando esa tierra hoy.

La cámara al servicio del que está enfrente
Binnizá tardó años en construirse. No porque el equipo no supiera qué filmar, sino porque el método exigía tiempo. Rulfo visitó la comunidad repetidamente, convivió con sus habitantes, esperó a ser invitado antes de encender los equipos.
Esa paciencia no era estrategia de producción: era una postura ética sobre quién narra y desde dónde.
“Lo que intento es poner la cámara al servicio del que esté enfrente, para que ese personaje utilice la cámara como bandera para poder hablar de lo que le importa”, afirmó el creador.
Ese principio define la película entera. Los personajes no ilustran una tesis sobre el arte comunitario. Son ellos quienes la construyen, con sus propias palabras y sus propias formas de expresión.

Son ellos quienes la construyen, con sus propias palabras y sus propias formas de expresión. Artistas como: Lucas Avendaño, artista muxe, antropólogo y activista de género, habla desde la danza sobre la muerte de su hermano, encontrado en el lodo; para hablar de los parques eólicos los cuales ocasionan que se esté perdiendo la humedad del territorio para crear este tip obras, nos habla Pánfilo Martínez, pintor comunitario sobre el papel del totomoxtle.
Irma Pineda, la poeta zapoteca que escribe en didxazá y en español es quien a través de su poesía y voz nos va conduciendo por el documental. Por último, está presente el testimonio de Rosty Bazendu, músico del barrio más peligroso de Juchitán, quien mezclaba beats urbanos en zapoteco para acercar a los niños a su cultura, hasta que la violencia que documentaba en sus canciones acabó con su vida durante 2024.
Ninguno de ellos fue convocado para representar una idea. Todos llegaron porque tenían algo que decir.
La creatividad no se exhibe: se habita
Una de las lecciones más concretas que ofrece la película es que la creatividad en Juchitán no es un producto cultural separado de la vida cotidiana. Es la vida cotidiana.
La gente del istmo lleva siglos observando el cielo, las plantas, los suelos, los movimientos de la tierra. De esa observación nacen los mitos, los colores, las formas. Es lo mismo que hizo Toledo: digerir el entorno y devolverlo transformado.

Esa continuidad entre territorio y expresión es lo que le da al arte comunitario su función de protección. No protege porque sea bonito ni porque documente el pasado. Protege porque mantiene activo un sistema de conocimiento que el mercado no puede comprar ni la violencia puede silenciar completamente.
El zapoteco, que en su propio idioma no tiene género gramatical, resiste también a través de la música. Que un chico del barrio lo lleve al rap no diluye la lengua: la lleva a donde están los niños. Esa es la diferencia entre una tradición que se preserva y una que se transforma para seguir viva.

El único archivo que no se puede quemar
Hay una frase que aparece en la película Binnizá de la voz de la poeta Irma Pineda: «Tierra que no quiere engendrar dolor, tierra que quiere sanar, que quiere llorar», y apunta directo al corazón de lo que la película propone: la tierra no es un recurso.
La tierra es una madre y la comunidad que la habita, la canta, la dibuja y la defiende, no lo hace desde la nostalgia. Lo hace porque es la única forma de proteger algo que les pertenece.
En eso, el arte comunitario tiene una ventaja que ninguna institución le puede dar ni quitar: es poroso, se cuela por las grietas, cambia de forma sin perder el fondo. El rap de Rosty sigue sonando, aunque Rosty haya muerto y las danzas de Lucas siguen hablando de su hermano.
Cinco siglos de opresión colonial no borraron esa capacidad. Rulfo lo dice con claridad: “el arte es la principal arma de defensa de la vida, y la vida es cultura”, afirmó el documentalista.
No como consigna, es algo que se puede palpar en el istmo de Tehuantepec, donde la creatividad lleva generaciones haciendo lo que el dinero no puede: mantener a una comunidad entera en pie.

Binnizá, los seres de las nubes no es un documental de denuncia en el sentido tradicional. No regodea en el sufrimiento ni explica desde afuera lo que una comunidad siente desde adentro. Es una película que confía en la creatividad como forma de conocimiento: deja que los habitantes del istmo hablen con sus propias herramientas y registra lo que producen.
El resultado es un archivo vivo del arte comunitario zapoteco: las danzas, el rap en lengua nativa, los dibujos o la poesía. Todo eso junto forma un sistema de resistencia que no necesita traducción.
La película lo que hace es mostrar que ese sistema existe, que funciona, y que la creatividad colectiva lleva siglos siendo el único archivo que ninguna conquista ha logrado quemar por completo.





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