En Hermosillo, el coleccionismo es una pieza esencial para que los procesos creativos locales continúen desarrollándose y para que las obras permanezcan en la ciudad como parte de su memoria cultural.
Grecia Bojórquez / NORO
El coleccionismo de arte en Hermosillo ocurre en voz baja, entre conversaciones privadas, visitas discretas a galerías y obras que cambian de manos sin anunciarse.

Aun así, para artistas y curadores locales, esta práctica cumple un papel fundamental, la de permitir que la producción artística continúe y que buena parte de esa obra permanezca en el territorio donde nació.
La conversación de NORO con galeristas independientes y artistas evidenciaron el coleccionismo menos como un lujo y más como una manera de acompañar procesos creativos y resguardar la memoria visual de la capital sonorense.
Una escena que se construye desde lo local
Para el pintor y curador Raúl Macías, fundador de la Galería Oasis 179, el coleccionismo es un pilar importante en el crecimiento cultural de Hermosillo.
“El coleccionismo de arte hace crecer una ciudad, la hace desarrollarse de una manera más integral, no solo industrial o económicamente. Le da identidad propia”, afirma para NORO.

Macías vincula directamente la práctica de coleccionar con la relación que la comunidad establece con su territorio. “Entre más conciencia tiene la gente local de su identidad, más crecerá el coleccionismo aquí. Tenemos la misma riqueza que Oaxaca: el desierto, la sierra, la herencia indígena”.
En Oasis conviven obras de distintos rangos de precio y trayectorias, un esfuerzo deliberado por abrir la puerta a más personas a que coleccionen. “Tenemos el Bazar del Arte donde se ofrece obra accesible. Si tú no tienes tanto presupuesto, aquí está tu presupuesto más chiquito”, explica.
Artistas jóvenes frente a un público en formación
Para Irlanda Soto, artista recién egresada de Artes Plásticas de la Universidad de Sonora, la relación entre público y obra local se mueve entre la cercanía personal y el descubrimiento gradual.
“Siento que el vínculo está influenciado porque ya los conocen [a los artistas]. Les compran porque tienen conexión con esa persona”, explica.

Lo dicho, para Irlanda, se enmarca en la forma de compra de algunos coleccionistas. Como profesora de pintura en una galería, ha logrado ver de cerca la dinámica de algunos artistas con coleccionistas, camino que ella quiere seguir.
Para ella, el interés por el arte comienza en espacios cotidianos y accesibles. Para aquellos que quieren empezar a consumir obra, Irlanda dice:
“Le aconsejaría que vaya acercando desde lo más pequeño a lo más grande. Empezando con bazares artísticos y luego a galerías pequeñas y luego a galerías grandes”.

Soto ve en la educación artística temprana una forma de impacto en cómo se forman futuros espectadores y compradores de obras de arte. “Si desde las escuelas se impulsaran proyectos de artes plásticas, más personas crecerían con interés en estos temas”.
Trayectorias que amplían la mirada del público
Con una década de trabajo, la artista visual Marlen Loss observa que el público en Hermosillo ha comenzado a relacionarse con el arte de maneras más amplias. “Cada vez hay más personas que comienzan a ver el arte no solo como decoración, sino como una experiencia que conecta con la memoria de nuestro territorio y lo emocional”, detalla.

Su trabajo ha transitado entre galerías, proyectos comunitarios y espacios públicos. Entre ellos, De las Galerías a la Calle, una intervención colectiva que llevó obra al exterior.
“Sacamos el arte a la calle porque el arte no debe quedarse únicamente en espacios cerrados o en circuitos donde no todos pueden entrar”, recuerda.

Loss describe la compra de obra como un gesto íntimo.
“Cuando alguien adquiere una obra mía están llevando una parte de mi proceso, de mi tiempo, de mi historia”, comparte.
Y reconoce una tendencia de coleccionismo que opera sin etiquetas:
“Muchas de las personas que compran arte en Sonora ni siquiera se nombran como coleccionistas; simplemente son personas sensibles, con la capacidad de mirar más allá de la superficie”.
Una práctica discreta
Durante la elaboración de este reportaje, se contactó a coleccionistas locales, pero prefirieron no participar públicamente. Esa reserva coincide con lo que describen los entrevistados: un coleccionismo que existe, pero se mantiene en círculos pequeños y poco visibles.

En ese contexto, Macías describe lo que ocurre dentro de esos intercambios que rara vez se hacen públicos. “Cuando ofreces un trabajo, platicas con el artista, conoces su trayectoria y esa atmósfera tú se la comentas al coleccionista. Le propones que su compra va a tener un éxito, porque está comprando algo con mucha calidad”.
El curador detalla que estos diálogos, aunque discretos, construyen confianza y permiten que quienes se acercan al arte local comprendan mejor el proceso detrás de cada obra.

Loss vincula el desarrollo del coleccionismo con la continuidad de plataformas culturales, ferias, concursos, espacios de exhibición, mientras que Soto señala la importancia de una educación artística accesible para ampliar la base de públicos.
Coleccionismo: arte como memoria compartida
Aunque el coleccionismo en Hermosillo no siempre es visible, las obras que se adquieren permanecen en la ciudad y forman parte de la memoria del territorio, acompañando la creación local.

En la capital sonorense, el coleccionismo convive con un proceso más amplio, el de aprender a mirar. Como explica Loss:
“Si no enseñamos a mirar, tampoco habrá quien quiera coleccionar. La educación artística no es solo aprender técnicas: es formar sensibilidad, es aprender a detenerse, a observar”.

Macías retoma la dimensión territorial de esa mirada:
“Entre más conciencia tiene la gente local de su identidad, más crecerá el coleccionismo aquí”.
Loss concluye así:
“La compra de arte no es un acto de lujo: es una forma de construir sentido, memoria y pertenencia”.










