Yolaisi García/ NORO
De las leyes a la fotografía, Ilse Cabanillas ha construido una mirada atravesada por la sensibilidad social, la identidad, la pertenencia y la comunidad.
En julio de este año, Ilse Cabanillas presentó en el Museo de Arte de Sonora (MUSAS) Donde aprendimos a mirarnos, su primer fotolibro, acompañado por la exposición Raíces en el desierto.

El fotolibro, editado por la fotógrafa Edith Cota y publicado en marzo de 2026, surgió a partir de Raíces en el desierto, una iniciativa realizada junto a mujeres de la comunidad triqui en el poblado Miguel Alemán. La obra enfoca su narrativa en el vínculo entre Margarita y Victoria, madre e hija.
Cabanillas se define como artista visual y ha orientado su práctica hacia la fotografía documental. Antes de dedicarse a ella, era abogada. Durante años ejerció esa profesión, hasta que una pausa provocada por la pandemia la llevó a preguntarse qué quería realmente hacer.
La respuesta la acercó al arte y, finalmente, a la fotografía. Sus proyectos han abordado temas relacionados con los derechos humanos, la migración, la identidad y distintas comunidades.
Para Ilse, documentar una historia comienza por encontrar algo que resuene con ella y establecer una conexión genuina con el tema. De otra manera, considera que la fotografía corre el riesgo de quedarse únicamente en la superficie.

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El encuentro con el poblado Miguel Alemán
Su primer acercamiento al poblado Miguel Alemán ocurrió a través de un programa de alfabetización dirigido a infancias. La experiencia le permitió conocer el lugar y preguntarse por quienes habían hecho del desierto sonorense su hogar.
“¿Qué hacen estas personas aquí, en esta tierra caliente?”, recuerda haberse preguntado. Las dudas sobre quiénes eran y qué las había llevado hasta ese territorio la impulsaron a continuar explorando el poblado. En ese proceso se acercó a mujeres de la comunidad triqui y desarrolló Raíces en el desierto.
La cianotipia es una técnica de impresión que utiliza químicos sensibles a la luz solar para producir imágenes de tonos blancos y un azul profundo. En Donde aprendimos a mirarnos esa técnica convive junto con la fotografía y los textiles. Los tres dialogan con las experiencias de una comunidad que ha mantenido vivas algunas de sus prácticas tradicionales lejos de Oaxaca, al mismo tiempo que las transforma al adaptarse a un nuevo territorio.
El tejido ocupa un lugar importante en la propuesta. Mujeres de la comunidad continúan practicando esta tradición y, para Cabanillas, su permanencia representa un acto de resistencia y una forma de mantener el tejido social. De ese universo surgió Donde aprendimos a mirarnos, centrado en Margarita y Victoria, una madre que migró a Sonora y una hija nacida en el estado.

Ilse Cabanillas y cómo aprender a mirar
El fotolibro también parte de los vínculos que Cabanillas construyó con ambas. Primero conoció a Victoria y, a través de ella, llegó a Margarita, cuya apertura le permitió acercarse a su historia y a su familia.

El título reconoce que la mirada construida durante el proyecto nunca ocurrió en una sola dirección. En ese “nosotros” conviven la relación entre madre e hija y los vínculos que ambas construyeron con Ilse.
“Ahí aprendí genuinamente a mirar”, señala Cabanillas.
Una de sus principales preocupaciones ha sido evitar una mirada vertical o revictimizante. El consentimiento fue el punto de partida y el acercamiento también implicó conversar, escuchar y compartir.
En ocasiones, esa manera de relacionarse significó pasar una tarde completa sin tomar una fotografía. Para Cabanillas, esos momentos también forman parte de su práctica: “vas a estar presente y estar en el momento y no vas a tomar una foto siquiera. Pero eso también es parte de la fotografía”.
Margarita y Victoria conocen y han comentado las imágenes del proyecto. Una fotografía de ambas incluso regresó a sus manos convertida en cianotipia.
Cabanillas y cómo crear aunque nadie lo pida
Desde que comenzó, Cabanillas tenía claro que quería dedicarse a la fotografía documental. Antes de tener una cámara estudiaba técnica por su cuenta, leía artículos y veía videos. Cuando compró la primera con los ahorros de su trabajo como abogada, sabía que iba en serio y que aprender implicaría equivocarse y tomar malas fotografías.
Su primer proyecto surgió cuando quiso fotografiar los campos de uva de la Costa de Hermosillo. La temporada ya había terminado, pero surgió la oportunidad de documentar una granja camaronera.Todavía trabajaba como abogada, pidió un día libre y, aunque estuvo a punto de cancelar, tomó su cámara y fue. Meses después, la serie obtuvo el primer lugar en el concurso FotoSeptiembre.

La experiencia reforzó una idea que permanece en su manera de trabajar: hacer lo que nadie le había pedido. “Te tiene que importar a ti”, afirma la fotógrafa.
El cambio de rumbo también implicó adaptarse a un entorno nuevo. Su familia, dedicada a profesiones alejadas del ámbito artístico, necesitó tiempo para comprender su decisión de dejar el Derecho y dedicarse a la fotografía. Cabanillas reconoce, sin embargo, que contó con su apoyo.
Su formación autodidacta se complementa con mentorías, acercamientos a colegas fotógrafos y revisiones de portafolio. Parte de ese proceso ha consistido en cuestionar su tendencia hacia lo literal y buscar otras maneras de mirar.

Sus referentes también han cambiado. Al comenzar, uno de ellos fue Michael Yamashita, cuyo trabajo documental despertó su interés por imágenes capaces de transportar al espectador al lugar fotografiado. Con el tiempo, advirtió que consumía principalmente el trabajo de fotógrafos hombres y comenzó a buscar la obra de mujeres, particularmente latinoamericanas.
Entre esas influencias menciona a las fotógrafas Nubia Lazo y Coral Carballo, además de Sebastião Salgado como uno de sus referentes en fotografía en blanco y negro.
La trayectoria fotográfica de Ilse
Una de las primeras series de Cabanillas fue Cultivando procesos: camarón, con la que obtuvo el primer lugar en la categoría de fotografía digital de FotoSeptiembre.

Posteriormente realizó Emprendiendo vuelo, sobre el derecho a la educación de las infancias, a partir de la convocatoria Fuera de Foco, impulsada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Centro de la Imagen. El proyecto integró una publicación colectiva y se expuso en el Centro de la Imagen.
Después desarrolló Ellas en el campo, sobre mujeres jornaleras, a través del PECDA 2022, y Raíces en el desierto, del que posteriormente se desprendió Donde aprendimos a mirarnos. También realizó las fotografías de Anabela Carlón para un perfil publicado por la revista Gatopardo.
Actualmente desarrolla Sed del territorio como beneficiaria de Jóvenes Creadores 2025-2026, un proyecto centrado en la sequía en Sonora. Su búsqueda comienza a dirigirse hacia propuestas más sensoriales y abstractas, una exploración que le interesa desarrollar sin abandonar la fotografía documental.
Donde aprendimos a mirarnos contempla futuras presentaciones en la Ciudad de México, Oaxaca y diversas localidades de Sonora y el fotolibro puede encontrarse en librerías especializadas e instituciones culturales.




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