Por: Edgar Ludert y Hugo Martínez
Hay proyectos que no caben en el aula, se desbordan. Piden sol directo, viento constante y arena que se cuela en los pliegues de la ropa. Piden salir a gritos y sin conexión. En la playa San Nicolás, el diseño dejó de ser especulativo y se volvió experiencia. En carne viva, estudiantes de Diseño del Tecnológico de Monterrey campus Sonora Norte del curso Materia y Expresión llevaron sus proyectos finales de tercer semestre al desierto costero y sus imponentes dunas. No para exhibirlos, sino para ponerlos en riesgo.
Salir del aula
El aula es cómoda. Controlable. Segura. El mar, el sol y el viento no tanto. Ahí no existen tomas de corriente, ni mesas niveladas, ni aire acondicionado, ni sombra garantizada. Hay fricción, “musssho” calor, pendientes irregulares y un entorno salvaje que no negocia. Ese fue el punto de partida: sacar el diseño de su zona segura y enfrentarlo a un escenario vernacular, vivo e impredecible. Y es entonces cuando las dunas se convirtieron en lienzo, salón y maestro.

Primeros objetos, primeras decisiones
Los objetos en cuestión fueron tablas de sandboard y asadores, diseñados y fabricados completamente por las y los estudiantes. Podría decirse que fue uno de los primeros proyectos formales de diseño que pudieron materializar. Uno de los primeros objetos que dejó de ser un ensayo y ejercicio para convertirse en algo que se usa, se carga, se prueba y se desliza. Un objeto lúdico que resistiera y respondiera a un jurado gigante y majestuoso.
Doblar y fundir
Para dar forma a las tablas, los materiales tuvieron que aprender a doblarse. Resina cristal, fibra de vidrio y triplay de pino fueron colocados capa por capa sobre un escantillón de madera, presionados lentamente hasta encontrar la curvatura del deslizamiento. No fue inmediato. Hubo que esperar. Dejar secar. Permitir que el tiempo hiciera lo suyo y aceptar que la materia también tiene voluntad. Después llegó la piel final: formaica blanca, straps, y la gráfica elegida por cada estudiante, esa donde aparecen gustos, referencias y obsesiones personales. Entonces la tabla dejó de ser ejercicio y se convirtió en objeto, lista para enfrentarse a la arena, al peso del cuerpo y a la gravedad, sin simulaciones. Los asadores siguieron otro ritmo, otro lenguaje. Lámina de metal, cortes precisos realizados con cortadora CNC de plasma, piezas separadas que más tarde se encontraron a través del calor y la soldadura. Del ensamblaje surgieron objetos portátiles, pensados para activar encuentros. Asadores diseñados para el fuego, el viaje y la pausa; para aparecer en playas, campamentos o patios improvisados.

El cuerpo como medida
Las tablas bajaron por la arena, las dunas, algunas mejor que otras. El fuego prendió. El calor se sintió. El diseño pasó por el cuerpo, las manos se quemaron un poco. Y aunque los pies y las piernas se cansaron, hubo quienes volvieron a subir la montaña empinada de resbalosa arena. El viento movió todo —y cuando decimos todo es todo— hasta la base de nuestro campamento. Pocos podíamos mantener los ojos abiertos ante tan irascibles brisas. Y en ese intercambio físico apareció algo fundamental: entender que diseñar no es solo resolver problemas, sino jugar, experimentar, caminar, romper con lo establecido y convivir. Entre descensos, risas y errores, el aprendizaje se volvió corporal. No abstracto. No simulado.
Asar, compartir y construir afectos
Alrededor del fuego, los asadores activaron algo más que su función. Avivaron comunidad. Carne asada, quesadillas improvisadas, chorizo, elotes excesivamente carbonizados y verduras pa’ quien no consume “animalitos”. El acto de comer en cercanía cerró el ciclo. Diseñar también es crear condiciones para el encuentro. Ahí, entre humo y conversación, el diseño dejó de sentirse académico y se volvió cotidiano, humano.
Diseñar con el territorio
Participaron 16 estudiantes y 6 profesores. Se presentaron 16 tablas o sandboards y 3 asadores. Pero eso es apenas el dato duro. Lo importante fue entender que el diseño no se impone al territorio: dialoga con él. En Sonora, diseñar implica sol extremo, materiales honestos y proyectos que no se derritan al mediodía. Implica reconocer que el contexto no es un obstáculo, sino una inteligencia que enseña. Diseñar en el norte requiere de otros temples, de carácter y otro tipo de energía creativa que no requiere conexión a internet. Nuestro territorio es inclemente, lleno de una abundante belleza que, solo al estar presente en los amaneceres o atardeceres, se puede valorar. Honramos con creatividad nuestro patrimonio, nuestra arena y mar, nuestro desierto.

Una pequeña rebelión sin conexión
En una época dominada por la inteligencia artificial, los renders instantáneos, los feeds infinitos y la hiperconexión permanente, hacer sandboards y asadores fue un acto de rebelión. Mientras el mundo optimiza, acelera, simula y genera deepfakes, este ejercicio apostó por lo contrario: lentitud, fricción, error y afecto. En lugar de diseñar para la pantalla, se diseñó para el cuerpo. En lugar de acumular likes, se acumuló polvo, sudor y algunas quemaduras leves. Construir con las manos, cargar los objetos, arrastrarlos por la arena, prender fuego sin un botón de “deshacer”, fue una forma de volver a humanizar los procesos de creación. No fue una negación de la tecnología, sino un desplazamiento del centro. Un recordatorio de que el diseño no ocurre solo frente a una interfaz y sin conexión, sino en el diálogo con la materialidad, el propio territorio y la interconexión con todo lo vivo; y que la creatividad no siempre nace de la velocidad, sino de estar presente. En un paisaje saturado de imágenes perfectas y redundantes, de objetos prístinos e “instagrameables”, estos objetos no buscaron ser virales. Buscaron ser usados. Y en ese gesto simple, directo, casi anacrónico, apareció un susurro: diseñar algo que no necesita actualizarse, que existe fuera del scroll y que solo cobra sentido cuando se activa con el mundo.





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