La artista y socióloga tijuanense, Ingrid Hernández lleva 25 años en la fotografía de la vivienda autoconstruida: un trabajo sobre el derecho al territorio que comenzó dentro de un restaurante sin paredes.
Ingrid Hernández camina por la frontera. No como una observadora distante, sino como quien reconoce en cada puerta de garage —y madera industrial— un fragmento de su propia historia. Para la artista visual y socióloga, la realidad de Tijuana se manifiesta en un estado perpetuo de “under construction”, donde la carencia se transmuta en soberanía habitacional.

Ingrid Hernández creció con su abuela, familiar que llegó de la Ciudad de México a Tijuana y quien se instaló en un restaurante sin muros, entre lo íntimo y lo social, donde Hernández creció y aprendió a negociar la privacidad en público.
Esa experiencia se convirtió en la base de una de las miradas más precisas sobre la vivienda, el territorio y los derechos en la frontera México-Estados Unidos. Hoy, a sus 51 años, su obra fotográfica de 25 años sobre la arquitectura autoconstruida en Tijuana es un archivo de lo que el Estado no construyó y la gente sí.

El Licha’s Place: la infancia de Ingrid Hernández sin muros
La familia de Ingrid, en particular su abuela Alicia, llegó a Tijuana en los años 50 desde la Ciudad de México con cajas de cartón como maletas. «Las cajas de cartón no están hechas para hacer maletas, pero fueron maletas”, mencionó Ingrid
Al llegar a Tijuana, Alicia abrió un restaurante y le puso el nombre en inglés, como se hace en la frontera: Licha’s Place. El nombre provenía del apodo de Alicia, traducido y puesto en un letrero. Ese restaurante fue la primera casa de Ingrid.
“En la parte de abajo del restaurante de mi abuela había una habitación donde dormíamos. Esa habitación no tenía paredes, no había ninguna división, ni teníamos comedor, ni teníamos cocina”. mencionó la artista. Negocio y la vida privada compartían una misma habitación. Lo íntimo no tenía puerta y se volvía un espacio público.

Todas las actividades que cualquier niña hace en la intimidad de una casa, ella las hizo en el restaurante. «Aprendí desde que nací hasta los 10 años a negociar todo lo que era íntimo con lo social. A mezclarlo y a aceptar que en ese espacio iba a desenvolverme socialmente”, añadió la fotógrafa.
Sus tardes transcurrían y observaba cómo su abuela y su madre gestionaban no solo un negocio, sino el tejido social de la familia. La experiencia de haber vivido hasta los 10 años en el restaurante de su abuela, la formó como persona. A Ingrid le creó una mirada, aquella donde el espacio no es algo que se recibe, sino algo que se moldea con las propias manos.
La casa partida: el hogar traído en dos mitades desde California
La transición hacia su propia independencia habitacional estuvo marcada por una experiencia arquitectónica que hoy parece una metáfora de su carrera. Cuando tenía 10 años, la familia de Ingrid Hernández adquirió una de esas casas móviles en el estado de California, en Estados Unidos, para instalarla en un terreno en las faldas de la colonia Altamira.
Debido a que el camión no podía sortear las curvas cerradas y empinadas de la zona, la estructura tuvo que ser cortada —literalmente— por la mitad.

«Ver llegar tu casa en dos pedazos para luego soldarla y unirla en el sitio fue mi primera lección real sobre lo que significa estar “under construction», explica la tijuanense.
En Tijuana hay muchas de esas casas. Son parte de un sistema que desecha estructuras funcionales en Estados Unidos. Esas casas rodantes encuentran una segunda vida como material de construcción en México.
“Under construction”: una mentalidad que se torna permanente
Ingrid decidió estudiar la Licenciatura en Sociología en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Más tarde, profundizó este análisis con una Maestría en Administración Integral del Ambiente en El Colegio de la Frontera Norte (COLEF).
Ella comenzó a hacer fotografías de arquitectura autoconstruida en 2002, porque para ella era muy impresionante empezar a ver los materiales con los que la gente construía. Materiales que no provenían de lugares precisamente dedicados a la construcción, sino que provenían; por un lado, de las maquiladoras asentadas aquí en la frontera, pero por otro lado de los desechos de Estados Unidos.

«Eso era tan común que no se veía», añadió Ingrid. «Cuando empecé a hacer las fotografías no sabía que era algo que no veíamos… pensaba que era algo que todo el mundo veíamos«.
Ingrid Hernández menciona, en una entrevista con NORO, que la forma en que la gente construye su vivienda tiene que ver con el lugar de origen. «Eso es lo que hace que Tijuana sea distinta a Bogotá, a Lima, a las favelas de Brasil. Es un desecho que obedece a una geopolítica muy particular: donde California se encuentra con Tijuana.»
“Under construction”, la exposición fotográfica de la tijuanense, no describe la forma de una casa. Describe una manera de relacionarse con el tiempo, ese algo que en apariencia es pasajero, pero que con el tiempo —y la fotografía— se torna permanente.

La catedral de Tijuana, frente al Palacio Municipal en la avenida más importante de la ciudad, tiene en su cerco de obra dos puertas de cochera, porque no alcanzó el dinero para cubrirlo todo con malla ciclónica.
«Eso ocurre en toda Tijuana, no es privativo de los asentamientos irregulares ni de la periferia«, añadió Ingrid Hernández. «En todo caso es una mentalidad que le da vida a esta ciudad. Le llamo una mentalidad “under construction” porque no es solo hablar de la edificación. Esa estrategia obedece a operaciones mentales muy inconscientes que se convierten en una forma de ver el mundo que actúa sobre el mundo.»
Ingrid quería demostrar que no trabajaba en la periferia de Tijuana, sino que Tijuana entera es la periferia.
Etnografía de la paciencia: ejercicio para hacer fotografía
Para Ingrid, la fotografía es una excusa para estar con el otro y para establecer un vínculo que el dato frío no permite. En el asentamiento Nueva Esperanza desarrolló Tijuana Comprimida, su primer proyecto dentro de una comunidad.
Pasó dos años en ese ejercicio etnográfico: caminaba, saludaba y reconocía el territorio antes de atreverse a pedir permiso para entrar a una casa con su cámara. Ese respeto por el tiempo del otro es lo que permite que sus retratos de interiores en estado “under construction” tengan una profundidad sagrada, donde lo «irregular» establece sus propios órdenes y jerarquías.

Al documentar cómo una familia acomoda sus pertenencias más preciadas —entre paredes de desecho industrial—, Ingrid no captura la carencia, sino la resiliencia del orden interno. El acto de colocar una cortina limpia o una fotografía familiar en una estructura «provisional» es, en realidad, un ejercicio de justicia habitacional. En su obra fotográfica, la confianza es el material de construcción más valioso; la confianza construye el puente que permite que lo privado se vuelva un testimonio político de permanencia en un territorio que insiste en tratar a los habitantes como viajeros de paso.
«El proyecto solito corre», añadió. «De una casa me voy a otra, una vecina le dice a la otra. Como una bolita de nieve.»
Los proyectos de Ingrid Hernández duran dos o tres años por lugar. Hay lugares a los que ella va desde hace 20 años. A través de este lente, la artista valida el derecho de las personas a construir no solo sus paredes, sino su propia narrativa frente a una ciudad que muchas veces les da la espalda.

En 2022, después de 20 años de retratar los interiores de casas, Ingrid regresó a retratar los exteriores de las viviendas en un proyecto que se llama Sedimentaciones. Este proyecto se vuelve un diálogo que complementa las fotografías íntimas de los hogares con el exterior y los materiales de autoconstrucción.
Relaciones Inesperadas: el arte como forma de habitar
En 2012, Ingrid y el artista Abraham Ávila abrieron el espacio de arte independiente y autogestivo Relaciones Inesperadas en la ciudad de Tijuana en Baja California. La idea no nació de un plan sino de una práctica que ya existía: los dos recibían artistas en sus casas, les conseguían contactos, organizaban talleres y los conectaban con instituciones.
Cuando Abraham le preguntó por qué estaban trabajando en otros lugares si ella tenía esa casa. Se plantearon el proyecto artístico en la casa de la infancia de Ingrid, renunciaron a sus trabajos y apostaron por su espacio.
«Oye, ¿por qué estamos trabajando en otros lugares cuando tienes la casa de tu abuela y podemos hacer ahí Relaciones Inesperadas?», le dijo Abraham. «Y yo dije: claro, no se me hubiera ocurrido.», recordó la fotógrafa.
La casa de su abuela, la que vino partida en dos desde California, se convirtió en el espacio. Y fue entonces que todo adquirió otro sentido: era la misma casa traída del norte, el mismo fenómeno transnacional que ella llevaba años fotografiando en los asentamientos y, ahora, también su historia familiar y el lugar desde donde iba a trabajar.

Durante seis años el espacio operó de forma intensa: residencias, talleres, grupos de discusión, publicaciones. En 2020, con la llegada de la pandemia, Relaciones Inesperadas entró en pausa. No quisieron pasarse a lo virtual, porque lo que les interesaba era que la gente coincidiera físicamente, en el pasillo, en el café, sin palabras de por medio.
Relaciones Inesperadas no volvió de golpe. Después de la pandemia, en 2022, retomaron actividades poco a poco, con calma, sin forzar el ritmo. Ese año, con un apoyo de la Mellon Foundation con sede en Nueva York, el espacio arrancó un programa de verano para artistas que trabajan con comunidades.
El 7 de mayo de 2026 inaugura en el Centro de la Imagen, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, la exposición Ingrid Hernández, 20 años de arte _Under Construction_, curada por Daniela Lieja Quintanar y Rosela del Bosque. La muestra reúne 13 proyectos realizados desde 2003, dos obras inéditas, archivo y materiales de Relaciones Inesperadas, la plataforma que Ingrid fundó en 2012 en Tijuana.

Ingrid demuestra que la frontera es un organismo vivo que respira mediante el esfuerzo de sus habitantes. El arte permite visibilizar los procesos humanos detrás de cada muro improvisado con materiales recuperados de la industria. La trayectoria de la fotógrafa tijuanense es un recordatorio sobre la importancia del vínculo y el respeto mutuo en la investigación artística. Habitar el territorio implica reconocer la soberanía del otro sobre su propia historia y su espacio íntimo





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