En México, el acceso a internet y telefonía móvil dejó de ser un servicio complementario. Hoy, condiciona la posibilidad de trabajar, estudiar, comunicarse y resolver necesidades cotidianas
Ricardo Amador/NORO
Hay gastos que ya nadie cuestiona porqué dejaron de percibirse como opcionales: la luz, el agua y el gas. Pero, desde hace algunos años y, casi sin que nadie hiciera una declaración formal, los datos del celular y el internet del hogar.
En México, según la ENDUTIH 2023, 97 millones de personas usan internet y prácticamente el mismo número, 97.2 millones, tiene un teléfono celular. Ambos datos equivalen a decir que el 81.2% de la población de seis años o más ya está conectada. Esa conectividad, lejos de ser un extra, se ha convertido en la infraestructura invisible sobre la que descansa buena parte de la vida cotidiana.

El cambio ocurrió de manera gradual y acumulativa, casi imperceptible en su momento, pero evidente en retrospectiva: primero el celular se volvió indispensable para comunicarse y luego para trabajar. Después, el internet empezó a utilizarse para pagar, estudiar, tramitar y cobrar, y hasta que desconectarse dejó de ser una elección personal y se convirtió en una forma de exclusión.
Parte de los hallazgos y enfoques retomados en esta pieza fueron trabajados en colaboración con el equipo editorial y de análisis de Bankaool.
El smartphone con acceso a internet: una herramienta básica
El 95.5% de quienes tienen celular en México usa un smartphone, lo que significa que, para millones de personas, ese dispositivo es la terminal desde donde se accede a servicios bancarios, plataformas educativas, convocatorias de empleo y comunicación con dependencias de gobierno. El smartphone no es la alternativa más cómoda, sino la única opción disponible dentro de los hogares que no cuentan con computadora.

El uso de estos dispositivos, además, no es pasivo ni estático: el 74.3% de los internautas combina wifi y datos móviles para mantenerse conectados. Incluso, el 60.8% depende exclusivamente de conexión móvil, lo que implica gestionar activamente el acceso, decidir cuándo usar datos y cuándo esperar una red disponible, calcular si el saldo alcanza para terminar una tarea antes de que se agote.
El acceso a internet cuesta y no llega a todos
Mantenerse en línea tiene un precio mensual que ya forma parte del presupuesto del hogar con la misma regularidad que cualquier servicio básico. En la modalidad de prepago, la más extendida entre los usuarios de menores ingresos, el gasto promedio es de 155.40 pesos al mes, y en pospago sube a 439.60 pesos. Estas cifras no incluyen los gastos de servicio de internet fijo por contrato, ni el costo de los propios dispositivos.

La carga, sin embargo, no pesa igual en todos los hogares: para quienes tienen ingresos bajos, ese gasto representa una proporción significativamente mayor de su presupuesto mensual que para quienes tienen más recursos. Aún así, el acceso a la conectividad, sigue siendo económicamente más costoso, en términos relativos, para quienes menos tienen.
El dato nacional de que el 81.2% de la población conectada suena optimista. Solo basta ver que se desagrega por territorio y revela distancias que ningún promedio puede disimular la brecha del acceso a internet.
En Baja California, por ejemplo, el 90.9% de la población usa internet; mientras que en Chiapas, esa cifra cae al 59.9%, una diferencia de 31 puntos porcentuales que no es técnica sino estructural. Además, estas cifras no se replican con Oaxaca (70.6%) y Veracruz (71.8%), entidades que encabezan tanto los índices de baja conectividad como los de mayor marginación en el país.

La brecha entre lo urbano y lo rural añade otra capa a ese mapa: el 85.5% de la población en ciudades usa internet, frente al 66% en zonas rurales, casi 20 puntos de diferencia que se traducen en acceso desigual a servicios, oportunidades y participación en una economía que cada vez más ocurre en línea.
Estar conectado se volvió condición para participar en la vida económica y social del país. Aunque esta condición no sea universal y asequible por igual, la brecha digital seguirá siendo, también, una brecha de oportunidades.




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