El jamoncillo sonorense es un dulce tradicional nacido en Ures gracias a la herencia de la familia japonesa Tanaka, que llegó a la región en la década de 1920.
Grecia Bojórquez/ NORO
El jamoncillo es uno de esos dulces que en Sonora trascienden el placer del paladar. Este producto tradicional, hecho con ingredientes tan sencillos como leche y azúcar, guarda una historia que conecta a Sonora con Japón y que se ha mantenido viva en el pequeño municipio de Ures durante casi un siglo.

De Japón a Sonora: el origen del jamoncillo sonorense
A principios del siglo XX, específicamente alrededor de 1920, la familia Tanaka, inmigrantes japoneses, llegó a Ures en busca de nuevas oportunidades. Esta familia trajo consigo sus tradiciones y cultura, y también compartió su conocimiento en la elaboración de dulces artesanales.
Fue así como el jamoncillo, que en Sonora se elabora con leche fresca de vaca y azúcar de caña, comenzó a tomar forma y sabor a través de técnicas heredadas de la tradición japonesa.

Los Tanaka establecieron una refresquería en la Plaza Zaragoza de Ures, donde ofrecían raspados, refrescos y diferentes dulces, entre ellos el jamoncillo. La habilidad de esta familia para la confitería se hizo evidente, y sus recetas comenzaron a ser apreciadas por los locales y por visitantes que reconocían la calidad y el sabor de estos productos.
Además del jamoncillo, introdujeron otros dulces sonorenses como las obleas y los ponteduros, esferas hechas con palomitas de maíz y miel de piloncillo, que también forman parte del repertorio tradicional.
La historia detrás del dulce de jamoncillo
Durante la Segunda Guerra Mundial, en 1942, el gobierno mexicano ordenó la concentración de japoneses en ciertas ciudades, lo que llevó a que la familia Tanaka tuviera que dejar Ures y trasladarse a Guadalajara y luego a la Ciudad de México. A pesar de su partida, el legado quedó en manos de las familias locales que aprendieron sus técnicas, en particular la familia Martínez, quienes continuaron con la elaboración y comercialización del jamoncillo.

José Víctor Martínez Olivarría, miembro de la cuarta generación dedicada a este oficio, relató en entrevistas cómo su familia heredó el negocio de la refresquería y la producción del dulce, manteniendo las tradiciones originales.
Actualmente, el jamoncillo de Ures se elabora de manera artesanal en una fábrica donde se producen hasta 13 mil piezas diarias, manteniendo el método tradicional que implica cocer y batir la mezcla, para después dar forma con cucharas, un proceso que requiere paciencia y precisión.
Ures, la cuna del jamoncillo y su legado cultural
Este municipio, situado al noreste de Sonora, se ha convertido en el corazón del jamoncillo, un símbolo que representa la unión de culturas y la historia de su gente. La importancia de esta tradición es tal que, en colaboración con René Tanaka, hijo de la familia original, se creó el Museo de la Cultura Japonesa en Ures. Este espacio exhibe artefactos, fotografías y utensilios que relatan la historia de los japoneses en la región y su impacto en la gastronomía local.

Más allá de su valor histórico, el jamoncillo es una fuente importante de empleo para más de 200 personas en Ures y atrae turistas de países como Estados Unidos, Canadá, Francia y otros, quienes buscan probar y llevarse un pedazo de esta tradición en forma de dulce.
Un dulce que une pasado y presente
Y aunque el mundo avanza y la producción masiva ofrece opciones rápidas, en Ures el jamoncillo se sigue haciendo con la misma dedicación y paciencia que hace un siglo. El proceso comienza en la madrugada, cuando la mezcla cocida se bate hasta alcanzar el punto ideal para formar las piezas, ya sea en bolitas, barras, corazones o con chocolate.

Este dulce es un símbolo que conecta generaciones y culturas. Como ha señalado el ministro de la Embajada Japonesa en México, Tsukasa Hirota, el jamoncillo es una tradición compartida entre Japón y Sonora, un legado que sobrevivió a tiempos difíciles, como la Segunda Guerra Mundial, para permanecer vigente hasta hoy.
El jamoncillo forma parte de una tradición dulce más amplia que abarca desde Sonora hasta otros estados de México, donde se combinan ingredientes naturales y técnicas ancestrales para crear productos que honran la historia regional.
Con información de Proyecto Puente, El Sol de Hermosillo, El Imparcial y solnora.mx.










